lunes, julio 27, 2015

Eros díler en Grupo Crónica Revista


Eros Díler: “En el norte me siento a gusto. Y con el culo en la mano.”

Por Luis David Niño Segura

He leído litros y litros de buena basura. Y digo litros porque me he tenido que beber una cantidad considerable de mililitros de cebada fermentada para poder digerir algunas lecturas que me causan náuseas solo con el título. Nunca falta algún individuo intelectualoide que se acerca para recomendarte el libro que tiene bajo la mano.

Esa clase de bichos son unos tipos de fagocitos extremadamente peligrosos. Por lo regular se encuentran en los coffe shops o en las plazas públicas. Nefastos en realidad. El colmo de la realidad es cuando esta clase de virus se comienza a esparcir por el inacabable mundo de las redes sociales. Es denigrante abrir el féisbuc o el tuíter porque inmediatamente te aparecen lo que he denominado: publicaciones spam. No culpo a nadie por esos errores pero podrían ahorrarse algunas mentadas de madre de mi parte si no fueran tan insistentes con sus pensamientos.

Así me pasó justo este fin de semana. Estaba leyendo unas críticas literarias porque tenía la turbia intención de comprar un libro. Nerd I know! Las recomendaciones no eran de lo más agradables pero sí de las más divertidas. Así me encontré con algunos comentarios que me recomendaban las obras de Marcus Zuzak, de E.L. James o Martín Moreno. Puro best-seller para el baño. Para mí eso representaba lo mismo que leer Tvnotas. Y no digo que Tvnotas este mal o no ayude en el baño (enterarse que Laura Bozo sigue al aire sí te saca más de un pedo); al contrario, en ocasiones la escritura de los periodistas de chismes suele ser liberadora -más por supuesto cuando estás sentado en el retrete. Lo lamentable de mi situación fue darme cuenta que en ocasiones prefiero regresar a releer un libro que sé encontraré en lo recóndito de mi casa. Eso hice.

Eros Díler de Nazul Aramayo tiene todo lo que mi cabeza requería este fin de semana. Sexo, drogas y alcohol, y no solo porque me saboreaba una buena Carta Blanca sino porque la lectura me invitó desde la primera vez que lo leía a reírme un buen rato. La risa que me sacó la lectura de Eros Díler es más que nada porque es preferible reír en lugar de lamentarse. Quizá usted se pregunté por qué, la razón es muy simple. Nos seguimos hundiendo en la mierda. Las estadísticas oficiales nos revelan que la delincuencia ha disminuido y que vamos por buen camino. Mentira. Justo el pasado 09 de septiembre Osorio Chong, Secretario de Gobernación de la República, compareció ante el Congreso argumentando que la cosa había cambiado. Lo que me llamó la atención de nuestro Secretario fue que puso a la Comarca como ejemplo de cómo la delincuencia había disminuido. En apariencia, porque la realidad es diferente. Las muertes siguen apareciendo pero sin el efecto mediático de los años anteriores. Así que algo debe cambiar cuando se trata de violencia. No solo es la asfixia de un mundo que nos traga sino la incapacidad que tenemos para sobre-llevar la realidad. Esa es la manera cómo debemos entender la podredumbre donde nos movemos y donde nos estancamos. Mierda por todas partes donde solíamos encontrar perlas, pero no se me mal entienda, cuando me refiero a las perlas, hablo de gotas de heroína, churros de yesca, pastillas de éxtasis o una grapa de cois fresca y sin raticidas.

La violencia que generó el sexenio calderonista sumió al país en una campo de guerra al estilo Hemingway, ciudades enteras se convirtieron en batallones militares y puertos navales (Kosovo new age), las policías eran el escalafón más bajo en la cadena alimenticia de la delincuencia organizada, del narcotráfico y de la mafia. El norte del país mostró su verdadero rostro, un norte sumido en la corrupción, en la explotación, en la impunidad, en los vicios y en la narcocultura. El norte se convirtió en un stage creado por Vince Gilligan o Martin Scorsese: empresarios asesinados, narcopolíticos recompensados, sectores sociales en la miseria, autotoques de queda y niños temerosos de militares y policías… una infinidad de prácticas que en las estadísticas se refleja(ba)n como índices de desarrollo humano lamentables o daños colaterales. El norte, entonces, dejó de ser eso, norte. Se convirtió en tierra de nadie. Desde Matamoros hasta Mexicali y TJ, la gente se dejó llevar por el flow y se acostumbró. Como dice el corrido: “en los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre.”

Pero algo tenía que cambiar en medio de decapitados y desmembrados, algo tenía que venir a darle ritmo y sabor, y ese algo lo hizo la literatura. Un claro ejemplo del rescate a esa inmundicia es la primera novela corta de Nazul Aramayo titulada Eros Díler (Editorial Jus e Instituto Municipal de Cultura de Torreón: 2012). Escrita en primera persona y sumamente autorreferencial. La lectura es rápida. Una obra sin melindre, sin pudor, directa. Sus personajes son auténticos. Cleti y Yoselyn, son un par de exiliados de los convencionalismos y de sí mismos, habitando un punto en la tierra donde las drogas, el alcohol y el sexo son todo y son nada. Pareja de olvidados tragados por una ciudad decadente, real, cruda, ficticia y pestilente: Torreón.

La lectura nos lleva a puntos irreconocibles. La oscuridad abarca todo mientras la soledad y el fracaso identifican cada espacio y cada tiempo. El ambiente es el de la barriada, el de los cholos y el de las morritas con blusas ceñidas; una ciudad donde la droga se encuentra en donde se halle una Virgen de Guadalupe como si ésta fuera un punto de reunión similar al de los estacionamientos en los centros comerciales. Así es el ambiente en Eros Díler, Una ciudad tragada por sí misma, por su podredumbre, por sus problemas sociales: Hell broke Luce.

En la obra de Aramayo Cleti es el personaje principal. Un personaje construido en la autoficción, ensamblado a través de experiencias reales e imaginarias del escritor (Entrevista de Hermann Gil Robles a Nazul Aramayo; Diario Cultura: 2013). Es un alter ego desinhibido que trabaja en una tienda de ropa rockera donde los comensales son los bichos más raros de la juventud. Tienda de camisas, sábanas para la yesca, pipas para la piedra y dosificadores de soda (Angélica López Gándara; El siglo de Torreón: 2013). NazulCleti necesita desprenderse de la realidad, elevarse y crear un mundo paralelo al existente, de ahí el origen de la novela. Contar la inconformidad con la vida, con la ciudad que ama y odia al mismo tiempo; pero también resalta su disfrute por el lenguaje, el de uso coloquial. Inventa una nueva rama semántica: la semántica de barrio. De eso se construye la novela, de sabores y crudezas, estas últimas pueden incluso saturar al lector, llenarlo de adjetivos vulgares y de imágenes obscenas, pero no podemos dejarnos ir por las apariencias, el lenguaje –en Eros Díler– si bien no es fresco, sí es tangible, disfrutable, ameno y, lo que resalta más, comunicativo; es decir, crea puentes dialógicos entre el lector, el autor y los personajes.

Novela donde claramente se encuentra la influencia de los escritores Beat y de Bukowski, pero también es una obra que intenta alcanzar la exquisitez de los relatos al puro estilo fadanelliano como los encontrados en Más Alemán que Hitler. Una buena mezcla de realidades y de ficciones, de mundos plasmados con toda la sinceridad que un escritor debe y tiene que poner en sus obras, imágenes que se vuelven caóticas e imborrables como cuando describe:

“Gané una beca con mi poemario “Me levanté con el condón puesto”, poesía cachonda para morritas de barrio, mis preferidas. Yoselyn se hinchó de gusto, su cabello cayó sobre mi cara, nubes de chanates volaron atravesando el cielo, un beso fresco, sabroso. Sujeté a Yoselyn por las nalgas, no traía calzones, le apreté el culo y le metí el dedo en la vagina ardiente y jugosa.

—Cógeme.

—Jajaja.

—¿De qué te ríes? Ándale, métemela, cógeme.

Le aticé una cachetada marranera mientras, con la otra mano, desenfundaba la verga y se la metía. […]”


Esa es la literatura de Nazul, ese es su mundo imaginariamente real. Algo debe cambiar cuando se trata de violencia. El norte dejó de ser eso, el norte, y se convirtió en narcoland, What a criminal world where the boys are like baby-faced girls… una muestra de la Guerra Z –y no me refiero a la película. Las ciudades se tragaron a las ciudades, los militares se tragaron la confianza y la sociedad se tragó sola. No obstante las letras nos siguen permitiendo cambiar de panoramas y reírnos de nosotros mismos, pero esas letras tienen que ser nuevas, ocupar los estantes de las librerías y no durar quince días y pasar al diván de los olvidados. Eros Díler nos permite eso, volver a retomar el cinismo y la sinceridad con calma para cambiar el rumbo, ese rumbo de violencia en ciudades “intoxicadas” que nos reinventan. Algo debió cambiar, definitivamente, y ese cambio fuimos nosotros.

Luis David Niño Segura

ld_ns@hotmail.com

Tw: @ld_nio

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