lunes, abril 29, 2013

Eros díler en Siglo Nuevo

Laguna de Eros y díler

Nazul Aramayo (Torreón, Coah, 1985) ha escrito Eros díler, una novela corta que habla sobre las adicciones de La Laguna: del futbol que hace campeones a todos, por lo que se beben la última gota de cerveza del desierto, mientras, se rolan la marihuana. El sexo en la calle Morelos o en una cantina de prostitutas a doscientos o de travestis a cuatrocientos, más lo del hotel. Todo eso se hace al son de cumbia.
Eros díler. Eros del dios griego del sexo y díler, del distribuidor de droga al menudeo. Un texto escrito en primera persona, con un narrador que recurre a la autoficción para tramar la historia de Cleti y Yoselyn. Una pareja de jóvenes que viven en una tierra sudorosa. Torreón y sus alrededores son otro personaje --cacarizo y apestoso--, que da soporte a la estructura de la novela.

La portada revela justo lo que ocurrirá al abrir el libro: un fondo tapizado de hojas de marihuana, una caguama como monumento (la caguama y la gente acostumbran sudar, unas por frío y los otros por calor. El objeto se humaniza y el hombre se vuelve objeto). También, en la imagen, un joven con la virgen de Guadalupe enredada en la frente. Allí mismo un vocho verde que sostiene a una mujer desnuda con múltiples tatuajes en los que caben: el diablo, la marihuana, el Sagrado Corazón de Jesús y la serpiente que, después sabremos, la incitará a suspender el embarazo no deseado con pastillas para las úlceras gástricas. Así, los personajes llevaran en su piel la oscuridad, la luz y la liberación del espíritu que viajará con boletos de hierba, piedra y polvo de segunda clase, porque en Torreón no se vende droga de calidad. Cleti recuerda que alguna vez probó soda colombiana “…casi sin cortar, casi pura, casi el paraíso”. La droga se vende por todos lados y en las colonias populares la imagen de la virgen de Guadalupe aparece para indicar el camino a los devotos y para proteger a los vendedores de la policía. Todo, una farsa.

Cleti, el personaje principal, estudió Comunicación pero es poeta y ganó una beca del gobierno. Dice que ya no se preocupará por el dinero. Trabaja de dependiente en una tienda que vende camisetas, sábanas para la yesca, pipas para la piedra (o crack) y dosificadores de soda. Donde las sábanas son papel para hacer cigarros de yesca que es la marihuana. Todo eso en el profundo viaje de las adicciones porque al protagonista no se le gusta estar con los pies sobre la tierra, necesita elevarse, sacer la magia de su interior, por eso igualmente recurre al peyote para desprenderse de sí mismo y tener sexo con su Yoselyn quien vomita con aquel cactus. Alguna vez le promete llevarla a Oaxaca para que pruebe los hongos. Él, busca el infinito y la policía lo sabe por eso lo encarcela. Él paga el arresto con una noche llena de excremento y con una mentada de madre al despedirse de los que allí seguirán.

Actualmente los escritores jóvenes recurren mucho a la narrativa en primera persona, utilizan un lenguaje nacido del instinto, sin pretensiones éticas, pero si con deseos de crear una estética realista con la crudeza necesaria. Plasman el idioma de los jóvenes. Por eso es extraño ver que muchos reseñistas dicen sobre esta literatura que utilizan un “lenguaje fresco”, no sé porqué. Se trata de frases obscenas o lo que para la mayoría sería un habla vulgar. Ello no significa que un texto pierda valor. Claro que no, ya que muestra genuinamente la manera en que los personajes se comunican. Sin embargo, algunos lectores pueden sentirse saturado al leer novelas como Eros diler, por la repetición abusiva de ciertos vocablos como “morrita”, quizá la voz más clonada en la obra. Además, la referencia exagerada a los genitales masculinos; ya sea porque le vale… o manda a alguien a que recorra ese territorio. Lo deseable sería evitar la pobreza en el vocabulario. Aunque Aramayo diversificación el léxico en algunos pasajes de la novela ya que el protagonista es poeta.

Eros díler, un retrato actual de nuestro espacio.

Aramayo, Nazul. Eros díler, Editorial Jus, Direcciòn Municipal de Cultura. Torreòn. 2012.

por Angélica López Gándara
Siglo Nuevo Año 7, no 79.
27 abril 2013

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