martes, diciembre 13, 2011

Nochebuena en tu cuerpo, de VV. AA.



La Nochebuena es una oportunidad para dar y recibir. El pecado es no gozar. Nochebuena en tu cuerpo, de la colección La sonrisa vertical, es un libro de coyuntura con las festividades decembrinas, que reúne a nueve autores mexicanos para narrar la celebración del cuerpo en la víspera de Navidad. Éste es el punto de partida. El fin, tanto en literatura como en erotismo, es el placer.

“Mal día para un velorio”, de Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) abre el volumen de cuentos con la muerte de una mujer. Su esposo la recuerda pero una fragancia y un sonido de tacones de aguja lo perturban. El erotismo despertado por el aroma y las palabras lascivas guardadas en la memoria. Mientras el cuerpo de la mujer yace en el ataúd, el cuerpo y la mente de su esposo funcionan bajo el impulso del deseo de una relación casi incestuosa. “Ofelia, Marcos lo recordaba bien despedía aromas distintos según su estado de ánimo. Si la atacaba la furia, emanaba de ella un efluvio a almizcle más o menos amargo; cuando se hallaba contenta, sus humores eran infantiles, como los de un recién nacido; invadida por la tristeza, olía a talco o a leche; y si estaba excitada, su piel parecía evaporarse en una mezcla incisiva de flores silvestres, brisa marina y sangre fresca”.

“A cuatro manos” es el encuentro casual entre una joven que lee (y escucha a) las manos y un ejecutivo maduro. En este relato Luis Humberto Crosthwaite (Tijuana, Baja California, 1962) brinda autonomía a las extremidades superiores del cuerpo. Ellas esconden deseos, hablan un idioma apenas perceptible. La joven, en lo que parecía ser un acto de charlatanería, lo convence del misterio que guardan en silencio las manos, guiándolo a explorar el fino gozo del contacto. “El hombre no se sorprende al sentir las manos de ella sobre su cuerpo, primero recorriendo su cara, su cuello, soltando su corbata, desabotonando su camisa. Las manos de ella recorren su pecho, su estómago; despiertan deseo, conversan. Por un momentos él escucha el lamento de esas manos de uñas finamente pintadas. Entiende que ambos, hombre y mujer, tienen historias similares".

Francisco Hinojosa (Ciudad de México, 1964) en “Muñeca” cuenta en versos la fantasía de un hombre por recibir un regalo muy particular. La imaginación es la verdadera herramienta erótica. “Introduce la media en el pie derecho./ Las uñas de los dedos pintadas de violeta./ Lentamente./ El empeine./ Avanza centímetro a centímetro./ Pierna arriba./ Hacia la ingle./ Los vellos invisibles en el camino./ La otra media./ La misma operación./ Lenta./ Un suave desliz./ Un recorrido con pausas./ La respiración. / Fin del camino”.

Un mito contado con sumisión y sin sabor es reconstruido por Álvaro Enrigue (Ciudad de México, 1969) con malicia y placer en la “Anunciación”: la noticia de que María será la madre de Dios encarnado. El erotismo se mueve en la frontera de lo divino y lo terrenal. O las confunde o fusiona. “El ángel no tendría por qué ir vestido: es un ángel. […] nota tras el velo de luz que los dedos de los pies del ángel, y sus pantorrillas, están libres de los ropones que cubrían a todos los hombres y mujeres que había visto en su vida. Tal vez se pregunta si todos los pies y todas las pantorrillas son siempre así, si cuando quedan descubiertos son tan irresistiblemente hermosos, si la urgencia por tocarlos, por comérselos, es normal”.

Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) recurre al deterioro del matrimonio para dar fuerza a una sexyleyenda urbana: la aparición en los vagones del metro de mujeres sensuales vestidas como Santa Claus. El erotismo rompe la rutina y devuelve la vida. Por eso la urgencia del protagonista por satisfacer este deseo “En un vagón del metro Utopía”. “El que se trate de un deseo sin cumplirse, que se posterga cada año, le da un brillo especial a la temporada, habitualmente plagada de costumbres y ritos de sobra conocidos”.

Navidad en un table dance es el motivo del cuento de Claudia Guillén (Ciudad de México, 1963) “Rostros sin identidad”. Un pequeño grupo de clientes y pocas chicas dan como resultado una ligera comezón sexual entre el guardia del table y un joven borracho canadiense. Pese a la ropa ajustada, al baile y al destape del cuerpo, el ambiente escurre tedio. El erotismo no es sólo quitarse la ropa. La atracción despierta de maneras inusitadas. “Pensaba que, quizá como yo había probado de todo menos hombre, pues ya no había nada más por conocer. Veía como Yamilé se contorsionaba y no le causaba ningún tipo de placer; en cambio la mirada fija del chico de Montreal lo tenía inquieto y molesto. Sólo falta que a mi edad me vuelva puto, pensó”.

Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981) da voz a una chica de trece años que narra la excitación sexual de la adolescencia. Cierta ingenuidad deviene candor, despertar a la intuición, el pulso erótico en sus primeras fiebres. “La fragilidad de las esferas” va del juego al apetito, el desarrollo natural; el erotismo, a final de cuentas, despierta un juego insaciable. “Me asomé a la tina y abrí un poco la fría. Él seguía ahí parado sin moverse. Empecé a quitarme los tenis y él hizo lo mismo […] Luego nos desabrochamos los pantalones y nos los quitamos al mismo tiempo. Manuel se empezó a reír, señalando mis calzones de ranitas. Me enojé y le hice cara, así que también se calló. Luego nos quitamos la playera y nos quedamos ahí parados, viéndonos uno a otro sin hacer nada. Le di la espalda, me quité el corpiño —lo uso de adorno porque no tengo nada—, los calzones y me metí rapidísimo al agua porque me dio pena. Luego él me alcanzó".

Un hombre solitario sale con la única mujer que le da un poco de atención. La relación vuelve formal a tal grado que se comprometen. “Blanca Navidad”, de Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955), cuenta la historia de un hombre que sufre porque su prometida sólo le regalará su tesorito cuando se casen. La ansiedad y la fantasía, complementadas con el machismo de sus compañeros de oficina, llevan al protagonista a gastar el dinero de la boda en un viaje de turismo sexual con una princesa de las nieves, para pasar la Navidad como se ve en las películas. “Aquel sueño con Estela donde asía donde así entre los dientes el sostén para bajarlo y encontrar su pezón, fue posible mientras mordisqueaba la orilla de hielo en el escote de la reina. A lengüetazos y mordidas de un hielo, cuyo sabor le recordaba la sidra con que festejaba los fines de año en el trabajo, fue descubriendo el cuerpo albo que lo deslumbró”.

El libro cierra con una escena erótica entre una joven y una bestia. Un animal produce el gozo más escalofriante y placentero en una dama. Lo inesperado y lo temido conforman un universo erótico de posibilidades infinitas. “Navidad negra”, de Gabriela Jauregui (Ciudad de México, 1979) describe un placer casi insoportable porque la protagonista no cree lo que está pasando. “El lobo tiene un olor metálico puro, como de sangre, un olor completamente salvaje. Y huele a pino, a bosque, huele a sangre, huele a baba. La lengua del lobo que se había entremetido en los labios externos e internos de Silvia, ahora la lame, la lame como si tuviera sed, como si Silvia fuera un pequeño charco. Y lo es”.

La imaginación es el límite para pasar una Nochebuena. Los nueve autores citados narran aventuras que exaltan los sentidos, que apelan al recuerdo, a la fantasía y al deseo. Nochebuena en tu cuerpo es un libro que invita a saborear un diciembre de pieles, aromas y sensaciones. Un libro para regalar placer.

http://www.suplementodelibros.com/2011/12/nochebuenaentucuerpo/

Reseña
VV. AA. Nochebuena en tu cuerpo. Tusquets Editores México. México, 2011.

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