martes, diciembre 13, 2011

Morirse de memoria, de Emiliano Monge



Qué soñé que he despertado preguntándome quién soy”, se pregunta un hombre cuando abre los ojos en su cama. La respuesta es un espiral de recuerdos. La memoria al descubierto con sus misterios, bifurcaciones, claridad e imprecisión. La memoria también es una asesina que nos persigue.

El protagonista de Morirse de memoria, despierta de un sueño. La mañana se asoma como una dimensión extraña. Siente el contacto con la sábana, la luz que se filtra por las persianas, la ceniza en el piso y las paredes desgastadas. El protagonista, nuestro hombre, descubre la épica de levantarse de la cama, recuerda y arma a pedazos la historia de su hermano muerto, su madre, su abuelo, su ex mujer, sus mascotas. El lenguaje en la novela de Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) es un camino para descubrir. ¿Qué? “En qué momento empecé a ser el que quería, desde cuándo”. Y más importante por qué.

Monge narra un ejercicio psicológico en el que, por un lado, nuestro hombre se levanta, camina, toca y por el lado profundo, evoca un laberinto de memorias que esconden una tragedia.
El narrador nos lleva por este laberinto como quien camina tratando de seguir los pasos que, aunque no lleven a una salida, lo dejen en un lugar reconocible y cómodo. Por eso leemos reiteraciones, variaciones de escenas, la reconstrucción se vuelve ficción de uno mismo.

Sin embargo el lenguaje de Monge ilumina cada reiteración con un brillo distinto, en cada pasadizo del laberinto encontramos algo nuevo. La lírica en Morirse de memoria nos despierta y nos cuestiona. “Me ha despertado la pregunta, qué soy, quién he sido. Dormir dejó hace tiempo de ser una tregua”.

El misterio de la muerte del hermano conduce a nuestro protagonista a hablar en plural. “Quién seré a partir de ahora que de golpe soy nosotros, no reconozco como mía la voz que me hace estas preguntas”. La memoria se vacía para llenar el recuerdo del difunto. O es la memoria del difunto que llena a los vivos.

La luz indefinida, el calor asfixiante, el incendio, el real que provocó una tragedia y el fuego simbólico, junto con la ceniza que cubre los objetos producen la sensación de desconcierto, de un mundo oculto en la neblina, objetos indefinidos que es preciso tocarlos para recordar la vida que dejamos anclada en algún mar infantil.
Algo similar sucede con el cuerpo. En Morirse de memoria nuestro hombre parece no tener control de sus movimientos, la memoria de los objetos lo absorbe, lo jala. La memoria no detiene su persecución. Alguien tiene que morir. Y renacer.

Emiliano Monge nos muestra un mundo donde lo familiar es un velo que con la palabra adquiere su verdad mutable.

http://www.suplementodelibros.com/2011/12/morirsedememoria-monge/

Reseña:
Monge, Emiliano. Morirse de memoria. Sexto Piso. México, 2009.

En librosampleados.

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