martes, diciembre 13, 2011

Al filo del cumbión (fragmento)



Éste es el sabor de mi Comarca. Puro veneno.

Dimas Maciel

Han sido años de gozadera sin tregua. Después de dieciséis discos no todos continúan. De los once Chicos de Barrio originales, sólo quedan dos: Dimas Maciel y Susana Ortiz, las voces y la imagen del grupo. Los demás quedaron en el camino: algunos formaron grupos de cumbias, otros se dedicaron a la fayuca, otros se hicieron técnicos de sonido o maestros de música, uno murió ahogado en Raymundo beach. Márcala. Gózala. Castígala. Ésta es la cumbia. El Sueño Lagunero. Al tiro, no es para cualquiera.

PRESENTACIÓN 

Ya va a llegar la noche del gran cumbión
Conocí a los Chicos de Barrio en un baile en Sapioriz, Durango, tierra de los cardencheros. El concierto era en el salón de eventos sociales El Nogal, un escenario entre una pista de concreto rodeada por montones de tierra usada para tirar miados.

Beto Nájera, saxofón, nos recibió: íbamos mi novia y yo. Conocía a Beto por llamadas telefónicas. Nació dentro de una familia dedicada a la música en la colonia Maclovio Herrera, en la orillita del río Nazas, antes la Zona de Tolerancia. Es tío de Juan Ángel Nájera, alias el Yiyo, antiguo tecladista y principal compositor de las rolas de los Chicos, el cerebro junto con Dimas Maciel. Pásale, carnal, ahí están en el camión, mira, él es Lupe. Representante y socio, cristiano y chofer del camión, cuando viajan pone discos de música cristiana, predicaciones y testimonios. ¿Una cheve, padre? Ni pensarlo.

No tarda en llegar Dimas, orita en unos diez minutos. Dimas Maciel, voz e imagen de los Chicos de Barrio, el cumbianchero por excelencia, galán, ropa de marca, presencia. Mi chica y yo pasamos al Nogal. Beto platicaba con los técnicos de sonido. Los demás Chicos faroleaban o tiraban barra en el camión. Empezó a entrar la gente. Dimas llegó guiado por un guardia y tres morritas. Lente oscuro en medio de la noche cardenche, un artista. Tomé un trago y abracé a mi novia. Sentí que éste era mi momento, el principio de una aventura hasta las entrañas de la cumbia lagunera, la historia de mi Comarca desde el polvo y el sabor.

A lado del camión unos morritos sacaron una bolsa de polvo. Ora, el tarjetazo fulminante. Luego el miado en la llanta del autobús. Se sabe que la cumbia y la loquera son amantes, van de manita sudada.

Lupe me invitó al camión.

Todo oscuro. No veía a nadie. Al fondo, como en los viajes al inframundo, una luz cálida. Saludé. Algunos iluminaron su cara con su celular. Beto me guió hasta Dimas. Al fondo, allá donde está la luz. Pasé por los asientos y las camas. Entré al cuarto. Dimas acostado, ojos semicerrados, dos morras en la cama y una más sentada con una Biblia entre sus manos. Dios te bendice, hermanito, ¿en qué te puedo ayudar? Saludé a las damitas: una gordita y dos morenas delgadas y chulas.

Sudé frío. Tan cerca y tan loco. El pase me soltó la lengua. Dimas, es un honor conocerte, soy escritor y quiero hacer una novela sobre los Chicos y el cumbión, ¿cómo ves? Dimas se incorporó, peló los ojos y asintió. Orita ya vamos a tocar pero pásame tu teléfono y nos ponemos de acuerdo para platicar. Va a estar chido, va pa largo, hay muchas cosas. Mi corazón galopaba sin tregua, ¡cámara! Quedó en hablarme e ir al estudio a platicar. Arreglaba las últimas rolas de su disco número dieciséis. Me despedí con gusto, miré de reojo a las nenas.

En el baile los Chicos rifaron.

Nomás están pide y pide rolas y no mandan nada. No manchen, rólense unas cervezas, un seis y así no se olvidan los saludos, dijo Dimas antes de cantar la cumbia más esperada de la noche: La cita, el himno de los amantes. Creo que todos en la Comarca han hecho el amor con esa rolita de fondo. Al menos yo sí y tengo el gusto de haber convencido morritas con el clásico estribillo imagínate que yo no soy yo, que soy el otro hombre que esperabas ver, un desconocido que te ha escrito un verso y te dibujó la luna en un trozo de papel. Ese amante improvisado, misterioso apasionado… Se dejaron caer.

Los bailes de rancho son diferentes a los de la ciudad. Para empezar la raza no la sabrosea igual, no tiran barrio ni señas, ni bailan tan pegadito. En los ranchos te compras un six, abres dos latas, una para ti, otra para la dama y las otras cuatro cuelgan de tu mano izquierda; así ni cómo abrazar a la reina.

PRIMERA TANDA 

La toma de Torreón
Marzo de 1996. Torreón, Coahuila. Alameda Zaragoza. Zona Centro. 50 mil gentes esperaban la llegada de los Chicos de Barrio cuando, a la brava, se lanzaron al camión estacionado a un lado de la fuente del Pensador. La manada maniaca y maquilera empujó el camión de hojalata reluciente; una tempestad de polvo alebrestado inundó la intersección de las calles Morelos y González Ortega. Volaron cachuchas con las iniciales NY, pantalones guangos, chongos y donas, polvo, terregal y estruendo, pisadas arrítmicas, la cumbia no sonaba, un tropel de barrio en cascos de bombita semejaba la entrada del Centauro del Norte y su División; la toma de Torreón. El autobús, un cofre enterrado bajo el sol, no cedía. Los Chicos, los Chicos, griterío, Lucy Ramírez, conductora del evento, calmaba los ánimos de la raza, ora hijos de su pinche madre, éste es un evento familiar, ¿quieren que sigamos trayendo artistas?, compórtense. Sobre la tarima, el grupo agendado para calentar la lona quedó en silencio. A ras de pavimento, golpes, trancazos, yesca y ninguno de los once integrantes se divisa, los pinches Chicos nomás no se manifestaban.

Si te vas a presentar por primera vez en la Comarca, procura llegar tarde para que la raza se caliente. En el fondo, los corazones exprimen una cumbita de ensueño, como un veneno aguanta hasta la última gota.


Dos meses antes. Radiodifusora XHLZ FM, La Zeta.

—Buenos días, ¿cómo andan?, de seguro amanecieron apachurrados, órale, arriba mis corazones laguneros. No se me deje caer, comadrita, porque si no se le hace manita de cochino. Vamos a escuchar música. Ahí les voy a poner este tema que segurito lo van a bailar. Son los Chicos de Barrio, un grupo juvenil que apenas está empezando, oiga nada más el primer sencillo La flor de melón: qué ritmo, qué alegría, póngale sabor, ¡a sudar la camiseta! Ésta es La Hora de la Talacha con su comadre Lucy Ramírez.


Dimas Maciel, treinta años, bajó de la colonia Victoria y tomó la ruta San Joaquín, un camión viejo pintado de amarillo y rojo que bajaba por los barrios al poniente del cerro. Iba trajeado, es decir, listo para subirse al escenario.

El baile empezaba a las cuatro de la tarde. La hora de fuego. La hora de los partidos de futbol del Club Santos Laguna. El sol caía sobre la planicie de concreto que es Torreón, de oriente a poniente, la ciudad es abarcada por rectos y largos bulevares, treinta minutos bastan para atravesar la ciudad. Calles vacías, televisores encendidos, cantos, sudor, humo de asadores a la distancia invadiendo el cielo, formando nubes negras y forjando estrellas musicales en los lentes oscuros de Dimas. Nadie lo reconocía. Su voz sonaba inconfundible en los radios de la Comarca pero su imagen, para la barriada, era un misterio. En ese momento, como en toda su perra vida, era un cholo más tirando barrio en un camión oxidado. Se inició en la música en el coro de la iglesia. De ahí para arriba. Canciones en los festivales del día de las madres en la primaria, serenatas, concursos de canto en las discos, palabras sensuales al oído de las vendedoras de zapatos. Su voz le abrió camino.

El camión bajó del cerro y siguió derecho por la Presidente Carranza hasta la Colón. Se detuvo de golpe.

—Hasta aquí llego porque no hay paso, está hasta la madre.

Al bajar se miraban cuadras atascadas de gente hasta la fuente del Pensador. ¿Un desfile, una marcha, qué pinche grupo matón toca y ese camión de quién es o qué pedo? Dimas se asustó, caminó hasta el filo de la González Ortega, la raza se miraba como una polvareda sin límite, todas las calles eran sudor y gritos, ¡los Chicos, los Chicos!, se sintió pequeño y ahogado en su ropa diez tallas más grandes. ¿Y si mejor se hubiera puesto un traje de vestir verde limón como cuando cantaba en Grupo Everest? No, había que cambiar, innovación y frescura, ése era el sello de los Chicos de Barrio. Para marcar una época sabían que tenían que romper la tradición. Y para empezar un nuevo ciclo nada mejor que ponerte tus garras más perronas: zapatos de charol, pantalón rojo, camisa blanca, boina gris y un chaleco rosa, todo holgado. Y para rematar: un copete güero bien esponjado y piratón.



Gómez Palacio Durango es mi ladies bar favorito. La cerveza se vende a todas horas y las muchachas más sabrosas caminan por la Plaza de Armas dispuestas al cachondeo. A medio kilómetro de la Plaza, por la calle Mina, se juntan varias colonias conocidas como Trincheras. Barrio de músicos y luchadores de lucha libre. La Sombra, Espanto Jr., Stuka, puro pinche yogur, puro linaje matón.

En medio de Trincheras se asoma el Cerro de la Pila con una virgen y una antena de radio en la punta. Escaleras y callejones invadidos por matorrales, pañales cagados, latas, resortes de colchones viejos, cadáveres de sillones, basura y polvo, nuestra flora.

Los Chicos ensayan en casa de Capi Saucedo, baterista, dieciocho años, el más morro.

El cumbión trepa por el cerro y se brinca las bardas de las casas de block. Las vecinas se asoman, dejan de colgar ropa en los tendederos y miran por las escaleras, de dónde chingados viene ese ruido. Mandan a los niños a ver qué onda, órale morritos, no se hagan guajes y busquen dónde suenan esas rolas.

Era 1994, los integrantes de los Chicos de Barrio se habían separado del Grupo Everest de Don Juan Carreón.

—Sabes qué, vamos a hacer un grupo y nos vamos a Estados Unidos. ¿Te vas o te quedas? Pero, sabes qué, Don Juan no sabe nada, así que al tiro.

Dimas, Yiyo, Susana, Zurdo, Gerardo, Sergio y Ricardo: puestotes. El Ziguas ya dijo que no se va para el Chuco.

—¿Por qué no mi Ziguas? Vamos a pasarla chidote, anímate.

—No y punto. Me echan la llamada cuando regresen. Digo, ahí si quieren. No es mi sueño irme al otro lado.

Faltaba Capi en la bataca. ¿Sí o no? ¿Te vienes o te quedas a tocar en quinceañeras y en bailecitos? Dimas Maciel hablaba como la consciencia del grupo.

—Nosotros queremos salir en la tele y viajar por el mundo. El señor no tiene el mismo Sueño, no tiene las mismas inquietudes, el señor se conforma con andar tocando en los salones de aquí.

Así estuvo la movida. Capi mira a través del mosquitero mientras Orlando y Logan, el hermano de Susana, afinan bajo y guitarra. ¿Continuarían todos hasta el final? Tocaban sólo el repertorio de los Everest. ¿A dónde podían llegar con las mismas rolas de Don Juan? El señor tenía dinero, contactos y, sobre todo, equipo de sonido e instrumentos. Los Chicos no tenían ni madres ni siquiera el nombre. Y los instrumentos se los prestaba el papá del Capi.

Pero eran una banda. ¿O qué nomás estaban ensayando por jobi y a ver qué salta? Juan Ángel Nájera, mejor conocido como el Yiyo, lo tenía claro: su compadre Amador Granados se ganó el lotto en California: veinticinco melones, papá, él nos patrocina los instrumentos, el disco y las visas, hasta nos pone casa allá, nomás hay que esperar y de ahí parribota.

La pensé chido una o dos semanas y ya. Duramos cuatro o cinco meses más con Grupo Everest. Después fuimos a una junta en las oficinas de Don Juan, allá en la Presidente Carranza en Torreón. El Capi recuerda bien, golpea las tarolas y mira a los demás Chicos. A ver si no nos regresamos llorando.

—Díganme quién y quién son los que se van a ir.

Silencio.

—¿Tú qué, Dimas?

—Sí.

—¿Y tú qué, Yiyo?

—Sí.

—¿Y tú qué, Susy?

—Sí.

—¿Y tú qué, Capi?

—Pos sabe qué, la mera verdad nos vamos a ir todos.

Don Juan, director musical y dueño de Grupo Everest peló los ojos. Quiso levantarse de la silla. Era innecesario. Son unos morros que ni tienen para comprarse unos trajes decentes. La música es una cosa seria, ni modo que salgan con sus garras de cholos. Ya verán, no van a cascar.

—¿Pero por qué? Aquí hay mucho trabajo.

—Sí, pero queremos hacer una onda que sea de nosotros.

—Se quedarán sin trabajo, aquí conmigo lo tienen todo.

Los Chicos no recularon. Al otro lado y punto.

—Pero les digo, muchachos, se quedarán sin trabajo, aquí no vuelven a tocar. La Laguna es mía. Aquí yo rifo en la radio, en los salones y en todos los pinches lados.



Los domingos son del grupo fuerte de la Comarca Lagunera. OIR Laguna te invita a disfrutar de la presencia musical de los Chicos de Barrio. Este domingo a partir de las cuatro de la tarde en la Alameda Zaragoza, frente a la Fuente del Pensador. No faltes, lleva a tu familia. Te esperamos. OIR Laguna, el grupo fuerte de la Comarca Lagunera.



—Cuando nos hablaron para tocar en la Alameda, no sé si te acuerdes. Íbamos llegando todos: cada quien en su carro, otros en camión, otros en bici, ¿edá? No pos, oyes qué hay ahí porque estaba hasta la fregada de gente. Que llegamos y la gente esperaba a Chicos de Barrio.

—¿Tú en qué llegaste, mi Capi?

—En taxi.

A los ocho años empezó a golpear la batería. A los trece años ya había grabado su primer disco profesional con Tropicalísimo Lobo, de Pedro Ortiz.

—Sí nos sacó de onda porque no esperábamos la respuesta de la gente. Estuvo lleno. Fue algo que nos sorprendió a todos.

Bajó del taxi un par de calles antes de la Alameda. Había un chingo de carros estacionados. Capi, delgado, moreno, cachucha blanca con la visera hacia atrás. Sólo alcanza a ver un camión azotado por la cholada. ¿Dónde están el Dimas, la Susy, el Yiyo? Entre la ropa holgada y la carne prieta no distinguía a nadie.



Quiro Olvera, bajista, estacionó su camioneta blanca donde pudo. Lentes negros, cabeza a rapa, tenis blancos, overol guangote. Se abrió camino entre las pandillas y las familias. Total, con el atuendo de los Chicos, no había diferencia entre público y artistas. Cumbia nueva en fundas nuevas. Atrás quedaban los trajes de vestir, la formalidad que de los grupos clásicos abría un tajo entre el stage y la pista de baile: Tropicalísimo Apache, Tropicalísimo Lobo, Núñez Musical, Grupo Everest, incluso la Sonora Dinamita y la Tropicana.

Se enfiló rumbo al camión, ahí debían estar Yiyo, Amador y Susana. O tal vez todos los Chicos. Se quedaron de ver en el Hotel Palacio Real para salir juntos.

Quiro decidió ir aparte. Después de un vivir un año juntos en una casa de tres cuartos, necesitaba su espacio. Su tiempo. Sus ondas. Así había llegado al Gabacho a los dieciséis años. Solo. Ni siquiera con una guitarra o un bróder. Allá jaló en la construcción. Por eso se había forjado: hombros anchos, brazos fuertes por la cargadera de botes, cemento y block, figura trabada, maciza, y una panza caguamera: un cholo como Dios manda.



Horas antes del baile en la Alameda. Por la mañana. Sin público. Los técnicos de sonido y el staff de la radiodifusora acomodan el cablerío para que la música suene machín. Pavas Muñoz, güirista, ayuda, descarga pedestales, bocinas, consolas, checa el pedo; es su costumbre: empezó con la música como cargador y asistente. Antes de bautizarse con los Chicos de Barrio, trabajó como ingeniero de sonido con Tropicalísimo Apache.

Yiyo, que tocaba con el Apache piña, el gringo, el pirata, lo invitó a jalar con los Chicos de Barrio. Las colonias Nueva Rosita, Martínez Adame y Maclovio Herrera están pegaditas. Se conocían por los juegos de futbol entre barrios en el llano.

—Alfonso, nos vamos a California, vente con nosotros de ingeniero. ¿Pa qué te quedas?

Todavía no era conocido como Pavas. Todavía no le caía maciza la carrilla.

—Es que andas con los de Apache, por eso no te quieres venir, ¿verdad?

En realidad Yiyo no batalló. Vámonos o qué. Al otro lado está el chou, el bisnes, la feria. Hay dónde cantonear y vamos a grabar un disco.

Le tramitaron la visa. Pavas no lo creía.

Cuando llegaron a California se dio cuenta que nadie tocaba el güiro. Qué pues, dónde quedó el sello de La Laguna. Hay que rasparle, si no, no suena. Y cogió el instrumento.

Terminaron de instalar el equipo. Regresó a su casa y durmió.

Lo que vio desde la ruta a las cuatro de la tarde en la Alameda no era un sueño. Grupos de fans, gente que pedía un pedazo de los Chicos, que gritaba Dimas, Yiyo, Susy, Pavas, Capi, Quiro sin saber que caminaban entre ellos como fantasmas.



La ambulancia no puede pasar. La Alameda, atascadísima, ha dejado de bailar. Otra vez Lucy Ramírez al micrófono, hijos de la chingada, estense quietos, cabrones, compórtense, es un evento familiar, querían a los Chicos de Barrio, pues ahora no les vamos a traer ni madres. Qué le pasó a la comadrita de la Talacha. De un lado el público no se sabe lo que pasa. Del otro, botellas al aire, insultos, jalones, madrizas. El grupo en el escenario deja de tocar. Ruido blanco. Un zumbido. Chanates que vuelan asustados, salen disparados de los árboles de la Alameda. Cuál es el pinche pedo, cálmense, camaradas, vamos a pasarla chido ¿o qué, no los entona el cumbión? Dimas al micrófono. Ojos en blanco. La raza se detiene. ¿Ya estuvo? En el extremo de la Alameda, en el punto del desmadre, un vato cae sin meter las manos en una jardinera. Un muerto, filereado, picado, uno y los que faltan, dice la gente con temor, otros ríen, otros no saben qué sucede. La ambulancia logra pasar. La raza se abre. En una camilla, con la cabeza abierta, un cholo, playera dos equis ele de los Chicago Bulls, pantalón guango. Adiós, carnal. Dimas mira a su público. Los Chicos de Barrio. Todos en sus lugares. Capi al fondo en la batería. Pavas en el güiro. Sergio y Ricardo en los saxofones. Gerardo en la trompeta. Poncho el Zurdo en la guitarra. Quiro en el bajo. El Yiyo al extremo derecho en los teclados y el acordeón. Susana Ortiz y Dimas Maciel al centro, frente a las miles de personas que venían de todas las rancherías y los barrios de la La Laguna. Desde San Pedro hasta Cuencamé, báilelo chidote, compa, con los Chicos de Barrio.



—A chinga y ese camión de quién es.

—Es de ustedes, Yiyo, para que se muevan como profesionales.

Amador Granados, playera blanca, pantalón de mezclilla, lente oscuro y melena ondulada al estilo de los Bukis, se recarga a lado del autobús plateado, reluciente, una chulada, señala a un lado y se ve el logotipo de los Chicos: un pachuco con traje morado, las manos metidas en las bolsas, lentes negros, sombrero, zapatos de charol, actitud, estilo y el nombre del grupo con letras grandes, rojas, como graffiteadas: CHICOS DE BARRIO. Ahí tienes, papá. Tu Sueño. Atáscate.

Afuera del Hotel Palacio Real no camina nadie. La Plaza de Armas es azotada por el sol de medio día. Yiyo mira su reflejo en la hojalata plateada. Es un morrillo escuálido, un fideo apenas erguido. Ahora sí son una banda. Una familia. No mermas.

Qué hace tanto tocaba el teclado con Tennessee Brass. Big band, jazz, swing. Desde chavito se curtió en la música. Su papa y sus tíos eran Los Siete de Torreón, una banda que amenizaba en los salones de la ciudad y en la Zona de Tolerancia. De ahí saltó al cumbión con Tropicalísimo Apache, Grupo Everest y ahora los Chicos de Barrio, tecladista, arreglista, compositor, el cerebro y, junto con Dimas, el sabor.

Amador y Yiyo esperan a los demás Chicos. Nadie llega.

—No creo que vengan. Vámonos de una vez. Seguro le caen allá.

Susana Ortiz aparece corriendo. Vestido negro, medias negras y transparentes, botas militares, peinado alto, copeteado. Susy bajo el sol, fatigada, suda y sonríe. El camión con el sello de los Chicos de Barrio la refresca. Saluda a Amador y a Yiyo. Su voz es grave y del tamaño de su cuerpo. Chingonota. Gruesa.

Sabía que este año valdría la pena. Lejos de casa, de mis papis, de mis amigos. Vi el camión y supe que no era un sueño. Bueno, sí lo era, un Sueño hecho realidad. La cumbia no es un camino fácil. Hemos batallado. Cantar pop, eso cualquiera. La cumbia es difícil, es más rápida, más sabroseada. El pop es muy limitado, sólo cantas pendejadillas del amor. En la cumbia hablas del amor, el desamor, de la vida, de lo que necesita y le gusta a la gente. Susana saluda a Yiyo y a Amador.

—Mira esta chulada, Susy, mira nomás lo que nos trajo mi compadre.

—Pues vámonos riendo, ¿o qué?

Los tres se trepan al autobús. Interiores cafés, material sintético, metales, una estancia con tele, literas y un cuarto al fondo. Se respira a nuevo.

—Quién te viera, Susy, siguiendo los pasos de tu jefe, es más, hasta más chidote. ¿Te acuerdas cuando morritos los veíamos ensayar?

—Sí, ahí estaba el Dimas también, bien chiquitos los tres. Nos regañaban porque desconectábamos los cables.

—Oye, Amador, pero todavía ni son las dos de la tarde, pichas los lonches en la Alameda, ¿no? Vamos a llegar muy temprano, ¿no crees, Susy? Apenas ha de estar comiendo la gente, no va a haber nadie.

Seguimos el camino que inauguró Tropicalísimo Apache. Mi papi Arturo junto con sus hermanos Pedro y José Inés. Conjunto tropical, el sello que le dio nombre musical a La Laguna. Pero llegaremos más lejos. Susana se sienta, segura, sonriente, se acomoda el copete, que no caiga, que el rimo no pare.

Amador conduce, por el retrovisor Torreón parece hundirse en una sopa hirviente. El río Nazas ha desaparecido, en su lugar queda un lecho seco, matorrales, perros atropellados, llantas ponchadas. Por el retrovisor Torreón y Gómez se hunden. Amador pisa el acelerador, al frente, sí, hacia adelante, donde el pavimento brilla, se menea y seduce.



Cuando Yiyo, Susana y Amador llegaron, la Alameda estaba vacía. A un lado de la fuente del Pensador, la tarima y el equipo de sonido listos. Los técnicos tiraban barra, comían lonches o tacos. ¿A qué hora llegaría la gente? Es más, ¿llegaría gente? En California les avisaron que su primer disco estaba pegando fuerte en Torreón, que era hora de un baile, una presentación en sociedad. Fue Amador el que personalmente amarró el negocio.

—Mis Chicos quieren trabajar, ¿cuánto por poner las rolas en La Zeta? ¿Y en La Caliente? ¿Y en Estéreo Gallito? Ahí está la feria.

Lo demás resultó una avalancha. Oye comadrita Lucy, ¿de dónde son los chavos que tocan La flor de melón? Ni idea que eran de La Laguna: Torreón Coahuila y Gómez Palacio Durango, son paisas, no se confundan porque en las canciones mandan saludos a la gente de California y Texas que los han apoyado. Se formaron grupos de fans; ellas se encargaron de hablar a la radio y pedir los temas. Iniciaron las complacencias. Oye, mi Zorro, ponme la de Triste lagunera, no seas. Órale pues, para todas las cholitas, el nuevo tema de los Chicos de Barrio, márquenla con la Rica y apretadita, ¡fierro!

Después de comer unos lonches, Yiyo y Susana se dieron cuenta que un montón de gente rodeaba el camión. ¿Cuántos son? Un chingo y dos costales. Y siguen llegando. De pronto el camión se tambalea. ¡Los Chicos, que salgan los Chicos de Barrio! Los de seguridad fueron tragados por la muchedumbre.

—No brinquen las vallas, no pasen por aquí.

Soltaron varios madrazos. Amador, desde la tarima, sonreía, su melena ondulada se agitaba por el aliento de miles de laguneros; se cruza de brazos, pasan por su cabeza los recuerdos de cuando los Chicos tocaban tecnobanda y cóvers en las plazas y bares de California. Eran su apuesta.

Susy se asoma por la ventana y busca con la mirada a los demás Chicos.

—¡Miren, allá está Susana, la que cantaba en Everest!

La raza se dejó caer con fuerza al camión. Querían un saludo de Susana, una sonrisa, un mechón de su melena rizada. Yiyo sintió que era el momento de tomar una caguama helada. Ojalá alguien traiga, con este calor ya deberíamos estar pisteando.



Quiro, Pavas, Capi, Zurdo, Ricardo, Sergio y Gerardo entraron al camión después de esquivar agarrones, manotazos, gritos, pancartas. ¿Qué está pasando? ¿Y desde cuándo tenemos camión? ¿Y Dimas? Sudaban entre felices y paniqueados.

—¡Allá está Dimas, el del copete güero, el que cantaba con Everest!

Quiso correr. Estaba rodeado. Buscó a los del staff, vio el camión, Susy, Yiyo y Quiro saludando, ya vamos, dejen pasar al Dimas y les tocamos cumbia hasta que amanezca.

Las morritas se acercaron al cantante, una foto, un apretón, un abrazo, bésame, gózame, márcame, cántame, mándame saludos, te queremos, siempre pedimos tus canciones en la radio. Sonríe, muñeco, el cantante es el galán, los demás como quiera ya llegaron al autobús, déjate querer, déjate caer.

—Ahí viene, Dimas, bájense por él.

Con ayuda del staff, Quiro y Pavas agarraron a Dimas y lo guiaron hasta el camión, en el recorrido les cayeron manotazos y agarrones, besos desde la distancia, sudor, roce de pieles.

Los diez Chicos juntos en el camión. Todavía Rubén el Ziguas no se unía al grupo. Tenía pedos. Pero con diez se arma. Dimas agárrate las tumbas y dale. Se tomaron de las manos, en círculo, cerraron los ojos, agradecieron, oraron, se apretaron con más fuerza. Es hora, hay que salir al escenario. El público espera.

—Y desde la Comarca mi cumbión, nosotros somos los Chicos de Barrio, márquenla, márquenla.

Dimas salta, el público grita y disfruta.

—Para toda la raza que nos estuvo esperando y apoyando, para todas las fans que piden nuestras rolitas, para todos los barrios de la Comarca Lagunera, para toda mi gente: esto es Mi Torreón.

El primer golpe del Capi en la tarola encendió la mecha. Le siguieron las tumbas. Dimas salta, Yiyo guapea, desliza los dedos de una tecla a otra, guapea, Yiyo, guapea. La gente brinca, agita los brazos en el aire, señas, contorsiones, éste cumbión sí entona, esta cumbia sí prende machín, báilele, báilele.

Los Chicos de Barrio son los dueños. Rifan, dominan y controlan.



Mi Torreón es mi Torreón
y por eso yo lo quiero.
Ahí hallé mi primer diente
y dije mi primer te quiero.
Mi Torreón es mi Torreón
Si he de morir por él yo muero.
Ahí hallé mi primer amor
ahí hallé mi primer tormento.



No se les olvide que tenemos una cita. Los espero a las cuatro de la tarde en la Alameda Zaragoza para que disfruten de la presencia de los Chicos de Barrio. No se van a arrepentir. Es un súper grupazo. Son unos jóvenes que traen toda la energía. Ahí los espera su comadrita Lucy Ramírez. No falten. Esto fue La Hora de la Talacha.



—Ahí empezó todo.

—Estuvo machinsote pues. ¿Y qué pensabas, mi Dimas?

—La mera verdad no sabía qué estaba ocurriendo. Es la inocencia de ser artista y no saber lo que está
pasando.

3 comentarios:

  1. Va con todo el amor papi, te apoyo y sigue escribiendo y bailando.

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  2. Es una pena que no mencionan a su disquera MCM (Metro Casa Musical) pero a la vez muy bueno como grabaron su primer disco Saludos

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  3. grandes cosas pasaron, los chicos de barrio marcaron huella en la cumbia lagunera, son hoy mañana y siempre los numero uno de la komarka lagunera

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