miércoles, diciembre 28, 2011

Reescrituras involuntarias y mamirris de Torreón en Eros díler



Nazul Aramayo ya promociona su obra
Es la primera novela del ganador del programa editorial del Ayuntamiento y JUS.


Torreón .- “Después de revisar el borrador con los editores de JUS en el Distrito Federal, llegué a Torreón y descubrí que los archivos se habían borrado del disco duro de mi computadora, y como pude, rescaté algunos archivos para comenzar de nuevo y se volvió a borrar buena parte de la novela Eros Díler, no podía encontrar los respaldos y tuve que reescribir la historia.

Todo eso fue muy bueno, porque lo que llegó a la editorial como definitivo fue el producto de varios borradores, de varias revisiones involuntarias”, dice Nazul Aramayo sobre su primera novela, que fue seleccionada por el programa editorial del Ayuntamiento de Torreón y la editorial JUS de la Ciudad de México.

Ganador de dos becas para el desarrollo literario, Aramayo perteneció al taller literario de la Universidad Iberoamericana Laguna, donde trabajó sus textos con los escritores Jaime Muñoz y Julio César Félix; también asistió al taller de Saúl Rosales, estuvo en retórica con Andrés Luna, en el DF y mantiene contacto con los escritores laguneros Marco Chávez y Carlos Velázquez.

La historia de la novela habla de un joven que trabaja en una tienda del centro de Torreón y tiene relaciones con muchachas que también son empleadas en tiendas, está sumergido en el mundo de las drogas y la vida desenfrenada, es un poeta que parte de un autobiografía, necesaria para crear ficción

Cuestionado sobre su producción literaria actual, Nazul responde que está trabajando en una historia sobre la cumbia, el cumbión en La Laguna a través del grupo Chicos de Barrio.

El joven autor viajará a San Luis Potosí en enero próximo y estará pendiente de la aparición de “Eros Diller”. Como parte de esta faceta de su vida literaria, Nazul Aramayo forma parte del sitio www.suplementodelibros.com, donde hacen reseñas de libros, presentan novedades editoriales en el mismo tono desenfadado y juvenil.

Ángel Reyna


Milenio Laguna. 28 de diciembre de 2011.

martes, diciembre 20, 2011

Funerales de hombres raros, de Wenceslao Bruciaga


Wenceslao Bruciaga (Torreón, Coah., 1977), autor del volumen de cuentos Tu lagunero no vuelve más (Moho, 1999), hace su segunda entrega con una novela breve de gran intensidad: Funerales de hombres raros. Si en Tu lagunero… sobresalía la agilidad narrativa, el humor en situaciones límite con una visión pulp, la realidad como un cómic violento, exageración, velocidad, en Funerales de hombres raros la apuesta gira en la vida y mentalidad de los hombres homosexuales en una novela de realismo urbano: triángulos amorosos, borracheras interminables, sexo, deseo, herencias enfermas. Una prosa de vértigo, agridulce envuelta con canciones de New Order, Sonic Youth y The Eels. En otras palabras prepárense para leer el ruido y la lujuria.

La primera parte de Funerales de hombres raros se desarrolla en la Ciudad de México. “Los tres alegres compadres” narra un triangulo de pasiones que tiene como punto de partida la muerte de uno de los involucrados: “—TE LO ADVIERTO, SI TE QUEDAS CON IVÁN ME MATO, ME VOY A QUITAR LA VIDA. ¿ME OYES? ¿ME OÍSTE BIEN?”. Wenceslao Bruciaga nos lleva por rincones del mundo gay que se alejan de los estereotipos de la mercadotecnia. Si bien aparecen los antros, los cuartos oscuros, sexo casual, drogas, a final de cuentas la cotidianidad contemporánea. La novela en primera persona funciona como una confesión que revela los claroscuros psicológicos de un adulto homosexual: “Nos escondemos en la rampa de un estacionamiento vacío y le agarro el brazo y lo escupo varias veces, él se limpia mis gargajos con su propia lengua y está muy excitado, entonces lo pateo y cuando lo siento desvanecido alzo mi rodilla y la impacto en su estómago varias veces, Robin se pone violáceo y el puto grita ‘ASÍ NO, POR FAVOR ASÍ NO’ y yo le digo ‘querías que te pegara, no, cerdo dijiste que eras mi puta, pues aguántate, pinche puta barata’”. Los quiebres temporales en que está dividido “Los tres alegres compadres” crean un puzzle por diversos estados anímicos (“Dos días antes del funeral”, “Una semana después del funeral”, etcétera), una estructura narrativa de rompehuevos.

La segunda parte de Funerales de hombres raros transcurre en Torreón, Coahuila: “Los últimos nietos de La Comarca Lagunera” tiene como punto de partida la muerte de la abuela de Teo Gurza (el protagonista de la primera parte). Esto produce un encuentro familiar de antología en el que se involucra hasta el capitán del equipo de futbol Santos Laguna; es decir, la identidad de la población de Torreón. En estos episodios, Bruciaga realiza una disección de la típica familia norteña, disfuncional, homofóbica, fanfarrona, cerrada, con tradiciones que surgen únicamente en navidad o en funerales. La historia es narrada mediante monólogos de los tres nietos. “No entiendo cómo pueden llevar una vida tan inconsciente, supongo que es porque no tienen una responsabilidad que les haga sentar cabeza, una familia, hijos o aunque sea un perro al que tengan que cuidar, sacar a pasear, bañarlo y limpiar sus heces, aunque sea eso requieren para que sienten cabeza y no crean que la vida es sólo para emborracharse, fumar mariguana e inhalar cocaína y tener sexo como perros. Ellos dos están mal, muy mal”. Los monólogos se intercalan y permiten ver relaciones, recrear anécdotas desde diversos puntos de vista, al final lo que quieren es que la abuela tenga el peor funeral posible.

Funerales de hombres raros es una novela reveladora que se aleja del cliché gay. Wenceslao narra sin concesiones. Desde la médula, a puro pulso de tripas y temblores. El resultado es encanto, misterio y humor. La realidad no puede ser tan seria. Aunque por otro lado se cuestiona “¿Por qué deciden ser gay si no pueden ni con la cuarta parte del mundo normal?


Reseña
Bruciaga, Wenceslao. Funerales de hombres raros. Dirección Municipal de Cultura de Torreón-Jus. México, 2011.

en librosampleados

lunes, diciembre 19, 2011

Cuentos para la supervivencia



Some cities make you lose your head”, canta Arcade Fire. La ciudad que amamos nos asfixia. O nos odia. La relación del hombre y su ciudad produce seres abominables. Por eso uno siempre carga con objetos para no perder la cabeza, pequeños refugios portátiles o Enseres de supervivencia como el título de este libro de cuentos de Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978) publicado por Cofradía de Coyotes [México, 2011].

La portada muestra un iPod, cigarros, condones, hojas. Los dieciséis cuentos del libro, personajes solitarios, desencantados, fanfarrones, traicionados, burócratas, taxistas, escritores, enamorados, gente como cualquiera en días de asfixia cotidiana.

La constante del libro es precisamente el peso de los días sobre personajes sin mayores aspiraciones que agarrar una peda, coger con una exnovia, mantener su puesto en el trabajo, platicar aventuras sexuales, encontrar la cura para la cruda. En fin, cada cuento es un instante en la vida de seres que se aferran a la ciudad y a las circunstancias que, pese a darles la comodidad de lo familiar, los estrangulan. Pero no son víctimas pues cada uno, aunque no lo sepa, reproduce la epidemia urbana.

“Este amor decapitado”, el cuento que abre el volumen, carece de grandes acciones: al protagonista lo deja su novia y quiere emborracharse. Durante su intento reflexiona: “Si alguna vez tengo un hijo, le diré: mira, hijo mío, mi amor, te amo tanto y por lo mismo te diré la verdad sobre la muerte: morirás incontables veces. Padecerás en este puto mundo de mierda. Te asesinarán sin remilgos. Tus asesinos serán esos a quienes más amas. Sí, hijo mío, mi amor. Pero, a pesar de ello, ama”. Más adelante el consejo continúa: “Cuando ames a una mujer prepárate para servir de escusado. Sí, hijo mío, mi amor, se cagará en ti”. El humor punzante no deja paso a la autoconmiseración. Ahí radica la fuerza de la prosa de Hugo César Moreno Hernández.

Otros cuentos que destacan en Enseres de supervivencia son “La vida es una payasada”, “Enano de estanterías”, “Por suerte” y “Forzar al destino”, donde se encuentra la mejor prosa y los mejores recursos estilísticos del autor. El humor, el juicio duro, corrosivo, las imágenes sexuales directas y contundentes. “Sus ojos se ponían en blanco y yo me sentía Dios. Ésa es la única recompensa por hacer sentir plena a una mujer. No esperes pleitesías ni promesas ciertas. No esperes el futuro. Aférrate al presente. Aférrate a ese instante en que eres Dios. Si tienes suerte y eres medianamente bueno, puede que te busquen. Pero nunca serás su todo”.

Los personajes de Moreno Hernández podrían ser unos perdedores pero prefieren llamarse mexicanos. Chilangos (sin agraviar). Seres engendrados por ese veneno denominado metrópoli.

Tal vez por eso el aislamiento que les produce la ciudad la vencen con el gandallismo. Otros menos astutos se refugian en la música y las letras. Aunque queda la interrogante: ¿la supervivencia es enajenación o emancipación?

Hugo César, doctor en Sociología, no aventura respuestas. Sería un error. Sus cuentos muestran, reflexionan, dialogan. Enseres de supervivencia es una colección de desencantos y humor amarrados con algo parecido a lecciones de amoralidad o supervivencia en la ciudad donde todos los dramas son, al mismo tiempo, tan grandes y tan inútiles.


Reseña
Moreno Hernández, Hugo César. Enseres de supervivencia. Cofradía de Coyotes. México, 2011.

Revista Replicante diciembre 2011.

martes, diciembre 13, 2011

Al filo del cumbión (fragmento)



Éste es el sabor de mi Comarca. Puro veneno.

Dimas Maciel

Han sido años de gozadera sin tregua. Después de dieciséis discos no todos continúan. De los once Chicos de Barrio originales, sólo quedan dos: Dimas Maciel y Susana Ortiz, las voces y la imagen del grupo. Los demás quedaron en el camino: algunos formaron grupos de cumbias, otros se dedicaron a la fayuca, otros se hicieron técnicos de sonido o maestros de música, uno murió ahogado en Raymundo beach. Márcala. Gózala. Castígala. Ésta es la cumbia. El Sueño Lagunero. Al tiro, no es para cualquiera.

PRESENTACIÓN 

Ya va a llegar la noche del gran cumbión
Conocí a los Chicos de Barrio en un baile en Sapioriz, Durango, tierra de los cardencheros. El concierto era en el salón de eventos sociales El Nogal, un escenario entre una pista de concreto rodeada por montones de tierra usada para tirar miados.

Beto Nájera, saxofón, nos recibió: íbamos mi novia y yo. Conocía a Beto por llamadas telefónicas. Nació dentro de una familia dedicada a la música en la colonia Maclovio Herrera, en la orillita del río Nazas, antes la Zona de Tolerancia. Es tío de Juan Ángel Nájera, alias el Yiyo, antiguo tecladista y principal compositor de las rolas de los Chicos, el cerebro junto con Dimas Maciel. Pásale, carnal, ahí están en el camión, mira, él es Lupe. Representante y socio, cristiano y chofer del camión, cuando viajan pone discos de música cristiana, predicaciones y testimonios. ¿Una cheve, padre? Ni pensarlo.

No tarda en llegar Dimas, orita en unos diez minutos. Dimas Maciel, voz e imagen de los Chicos de Barrio, el cumbianchero por excelencia, galán, ropa de marca, presencia. Mi chica y yo pasamos al Nogal. Beto platicaba con los técnicos de sonido. Los demás Chicos faroleaban o tiraban barra en el camión. Empezó a entrar la gente. Dimas llegó guiado por un guardia y tres morritas. Lente oscuro en medio de la noche cardenche, un artista. Tomé un trago y abracé a mi novia. Sentí que éste era mi momento, el principio de una aventura hasta las entrañas de la cumbia lagunera, la historia de mi Comarca desde el polvo y el sabor.

A lado del camión unos morritos sacaron una bolsa de polvo. Ora, el tarjetazo fulminante. Luego el miado en la llanta del autobús. Se sabe que la cumbia y la loquera son amantes, van de manita sudada.

Lupe me invitó al camión.

Todo oscuro. No veía a nadie. Al fondo, como en los viajes al inframundo, una luz cálida. Saludé. Algunos iluminaron su cara con su celular. Beto me guió hasta Dimas. Al fondo, allá donde está la luz. Pasé por los asientos y las camas. Entré al cuarto. Dimas acostado, ojos semicerrados, dos morras en la cama y una más sentada con una Biblia entre sus manos. Dios te bendice, hermanito, ¿en qué te puedo ayudar? Saludé a las damitas: una gordita y dos morenas delgadas y chulas.

Sudé frío. Tan cerca y tan loco. El pase me soltó la lengua. Dimas, es un honor conocerte, soy escritor y quiero hacer una novela sobre los Chicos y el cumbión, ¿cómo ves? Dimas se incorporó, peló los ojos y asintió. Orita ya vamos a tocar pero pásame tu teléfono y nos ponemos de acuerdo para platicar. Va a estar chido, va pa largo, hay muchas cosas. Mi corazón galopaba sin tregua, ¡cámara! Quedó en hablarme e ir al estudio a platicar. Arreglaba las últimas rolas de su disco número dieciséis. Me despedí con gusto, miré de reojo a las nenas.

En el baile los Chicos rifaron.

Nomás están pide y pide rolas y no mandan nada. No manchen, rólense unas cervezas, un seis y así no se olvidan los saludos, dijo Dimas antes de cantar la cumbia más esperada de la noche: La cita, el himno de los amantes. Creo que todos en la Comarca han hecho el amor con esa rolita de fondo. Al menos yo sí y tengo el gusto de haber convencido morritas con el clásico estribillo imagínate que yo no soy yo, que soy el otro hombre que esperabas ver, un desconocido que te ha escrito un verso y te dibujó la luna en un trozo de papel. Ese amante improvisado, misterioso apasionado… Se dejaron caer.

Los bailes de rancho son diferentes a los de la ciudad. Para empezar la raza no la sabrosea igual, no tiran barrio ni señas, ni bailan tan pegadito. En los ranchos te compras un six, abres dos latas, una para ti, otra para la dama y las otras cuatro cuelgan de tu mano izquierda; así ni cómo abrazar a la reina.

PRIMERA TANDA 

La toma de Torreón
Marzo de 1996. Torreón, Coahuila. Alameda Zaragoza. Zona Centro. 50 mil gentes esperaban la llegada de los Chicos de Barrio cuando, a la brava, se lanzaron al camión estacionado a un lado de la fuente del Pensador. La manada maniaca y maquilera empujó el camión de hojalata reluciente; una tempestad de polvo alebrestado inundó la intersección de las calles Morelos y González Ortega. Volaron cachuchas con las iniciales NY, pantalones guangos, chongos y donas, polvo, terregal y estruendo, pisadas arrítmicas, la cumbia no sonaba, un tropel de barrio en cascos de bombita semejaba la entrada del Centauro del Norte y su División; la toma de Torreón. El autobús, un cofre enterrado bajo el sol, no cedía. Los Chicos, los Chicos, griterío, Lucy Ramírez, conductora del evento, calmaba los ánimos de la raza, ora hijos de su pinche madre, éste es un evento familiar, ¿quieren que sigamos trayendo artistas?, compórtense. Sobre la tarima, el grupo agendado para calentar la lona quedó en silencio. A ras de pavimento, golpes, trancazos, yesca y ninguno de los once integrantes se divisa, los pinches Chicos nomás no se manifestaban.

Si te vas a presentar por primera vez en la Comarca, procura llegar tarde para que la raza se caliente. En el fondo, los corazones exprimen una cumbita de ensueño, como un veneno aguanta hasta la última gota.


Dos meses antes. Radiodifusora XHLZ FM, La Zeta.

—Buenos días, ¿cómo andan?, de seguro amanecieron apachurrados, órale, arriba mis corazones laguneros. No se me deje caer, comadrita, porque si no se le hace manita de cochino. Vamos a escuchar música. Ahí les voy a poner este tema que segurito lo van a bailar. Son los Chicos de Barrio, un grupo juvenil que apenas está empezando, oiga nada más el primer sencillo La flor de melón: qué ritmo, qué alegría, póngale sabor, ¡a sudar la camiseta! Ésta es La Hora de la Talacha con su comadre Lucy Ramírez.


Dimas Maciel, treinta años, bajó de la colonia Victoria y tomó la ruta San Joaquín, un camión viejo pintado de amarillo y rojo que bajaba por los barrios al poniente del cerro. Iba trajeado, es decir, listo para subirse al escenario.

El baile empezaba a las cuatro de la tarde. La hora de fuego. La hora de los partidos de futbol del Club Santos Laguna. El sol caía sobre la planicie de concreto que es Torreón, de oriente a poniente, la ciudad es abarcada por rectos y largos bulevares, treinta minutos bastan para atravesar la ciudad. Calles vacías, televisores encendidos, cantos, sudor, humo de asadores a la distancia invadiendo el cielo, formando nubes negras y forjando estrellas musicales en los lentes oscuros de Dimas. Nadie lo reconocía. Su voz sonaba inconfundible en los radios de la Comarca pero su imagen, para la barriada, era un misterio. En ese momento, como en toda su perra vida, era un cholo más tirando barrio en un camión oxidado. Se inició en la música en el coro de la iglesia. De ahí para arriba. Canciones en los festivales del día de las madres en la primaria, serenatas, concursos de canto en las discos, palabras sensuales al oído de las vendedoras de zapatos. Su voz le abrió camino.

El camión bajó del cerro y siguió derecho por la Presidente Carranza hasta la Colón. Se detuvo de golpe.

—Hasta aquí llego porque no hay paso, está hasta la madre.

Al bajar se miraban cuadras atascadas de gente hasta la fuente del Pensador. ¿Un desfile, una marcha, qué pinche grupo matón toca y ese camión de quién es o qué pedo? Dimas se asustó, caminó hasta el filo de la González Ortega, la raza se miraba como una polvareda sin límite, todas las calles eran sudor y gritos, ¡los Chicos, los Chicos!, se sintió pequeño y ahogado en su ropa diez tallas más grandes. ¿Y si mejor se hubiera puesto un traje de vestir verde limón como cuando cantaba en Grupo Everest? No, había que cambiar, innovación y frescura, ése era el sello de los Chicos de Barrio. Para marcar una época sabían que tenían que romper la tradición. Y para empezar un nuevo ciclo nada mejor que ponerte tus garras más perronas: zapatos de charol, pantalón rojo, camisa blanca, boina gris y un chaleco rosa, todo holgado. Y para rematar: un copete güero bien esponjado y piratón.



Gómez Palacio Durango es mi ladies bar favorito. La cerveza se vende a todas horas y las muchachas más sabrosas caminan por la Plaza de Armas dispuestas al cachondeo. A medio kilómetro de la Plaza, por la calle Mina, se juntan varias colonias conocidas como Trincheras. Barrio de músicos y luchadores de lucha libre. La Sombra, Espanto Jr., Stuka, puro pinche yogur, puro linaje matón.

En medio de Trincheras se asoma el Cerro de la Pila con una virgen y una antena de radio en la punta. Escaleras y callejones invadidos por matorrales, pañales cagados, latas, resortes de colchones viejos, cadáveres de sillones, basura y polvo, nuestra flora.

Los Chicos ensayan en casa de Capi Saucedo, baterista, dieciocho años, el más morro.

El cumbión trepa por el cerro y se brinca las bardas de las casas de block. Las vecinas se asoman, dejan de colgar ropa en los tendederos y miran por las escaleras, de dónde chingados viene ese ruido. Mandan a los niños a ver qué onda, órale morritos, no se hagan guajes y busquen dónde suenan esas rolas.

Era 1994, los integrantes de los Chicos de Barrio se habían separado del Grupo Everest de Don Juan Carreón.

—Sabes qué, vamos a hacer un grupo y nos vamos a Estados Unidos. ¿Te vas o te quedas? Pero, sabes qué, Don Juan no sabe nada, así que al tiro.

Dimas, Yiyo, Susana, Zurdo, Gerardo, Sergio y Ricardo: puestotes. El Ziguas ya dijo que no se va para el Chuco.

—¿Por qué no mi Ziguas? Vamos a pasarla chidote, anímate.

—No y punto. Me echan la llamada cuando regresen. Digo, ahí si quieren. No es mi sueño irme al otro lado.

Faltaba Capi en la bataca. ¿Sí o no? ¿Te vienes o te quedas a tocar en quinceañeras y en bailecitos? Dimas Maciel hablaba como la consciencia del grupo.

—Nosotros queremos salir en la tele y viajar por el mundo. El señor no tiene el mismo Sueño, no tiene las mismas inquietudes, el señor se conforma con andar tocando en los salones de aquí.

Así estuvo la movida. Capi mira a través del mosquitero mientras Orlando y Logan, el hermano de Susana, afinan bajo y guitarra. ¿Continuarían todos hasta el final? Tocaban sólo el repertorio de los Everest. ¿A dónde podían llegar con las mismas rolas de Don Juan? El señor tenía dinero, contactos y, sobre todo, equipo de sonido e instrumentos. Los Chicos no tenían ni madres ni siquiera el nombre. Y los instrumentos se los prestaba el papá del Capi.

Pero eran una banda. ¿O qué nomás estaban ensayando por jobi y a ver qué salta? Juan Ángel Nájera, mejor conocido como el Yiyo, lo tenía claro: su compadre Amador Granados se ganó el lotto en California: veinticinco melones, papá, él nos patrocina los instrumentos, el disco y las visas, hasta nos pone casa allá, nomás hay que esperar y de ahí parribota.

La pensé chido una o dos semanas y ya. Duramos cuatro o cinco meses más con Grupo Everest. Después fuimos a una junta en las oficinas de Don Juan, allá en la Presidente Carranza en Torreón. El Capi recuerda bien, golpea las tarolas y mira a los demás Chicos. A ver si no nos regresamos llorando.

—Díganme quién y quién son los que se van a ir.

Silencio.

—¿Tú qué, Dimas?

—Sí.

—¿Y tú qué, Yiyo?

—Sí.

—¿Y tú qué, Susy?

—Sí.

—¿Y tú qué, Capi?

—Pos sabe qué, la mera verdad nos vamos a ir todos.

Don Juan, director musical y dueño de Grupo Everest peló los ojos. Quiso levantarse de la silla. Era innecesario. Son unos morros que ni tienen para comprarse unos trajes decentes. La música es una cosa seria, ni modo que salgan con sus garras de cholos. Ya verán, no van a cascar.

—¿Pero por qué? Aquí hay mucho trabajo.

—Sí, pero queremos hacer una onda que sea de nosotros.

—Se quedarán sin trabajo, aquí conmigo lo tienen todo.

Los Chicos no recularon. Al otro lado y punto.

—Pero les digo, muchachos, se quedarán sin trabajo, aquí no vuelven a tocar. La Laguna es mía. Aquí yo rifo en la radio, en los salones y en todos los pinches lados.



Los domingos son del grupo fuerte de la Comarca Lagunera. OIR Laguna te invita a disfrutar de la presencia musical de los Chicos de Barrio. Este domingo a partir de las cuatro de la tarde en la Alameda Zaragoza, frente a la Fuente del Pensador. No faltes, lleva a tu familia. Te esperamos. OIR Laguna, el grupo fuerte de la Comarca Lagunera.



—Cuando nos hablaron para tocar en la Alameda, no sé si te acuerdes. Íbamos llegando todos: cada quien en su carro, otros en camión, otros en bici, ¿edá? No pos, oyes qué hay ahí porque estaba hasta la fregada de gente. Que llegamos y la gente esperaba a Chicos de Barrio.

—¿Tú en qué llegaste, mi Capi?

—En taxi.

A los ocho años empezó a golpear la batería. A los trece años ya había grabado su primer disco profesional con Tropicalísimo Lobo, de Pedro Ortiz.

—Sí nos sacó de onda porque no esperábamos la respuesta de la gente. Estuvo lleno. Fue algo que nos sorprendió a todos.

Bajó del taxi un par de calles antes de la Alameda. Había un chingo de carros estacionados. Capi, delgado, moreno, cachucha blanca con la visera hacia atrás. Sólo alcanza a ver un camión azotado por la cholada. ¿Dónde están el Dimas, la Susy, el Yiyo? Entre la ropa holgada y la carne prieta no distinguía a nadie.



Quiro Olvera, bajista, estacionó su camioneta blanca donde pudo. Lentes negros, cabeza a rapa, tenis blancos, overol guangote. Se abrió camino entre las pandillas y las familias. Total, con el atuendo de los Chicos, no había diferencia entre público y artistas. Cumbia nueva en fundas nuevas. Atrás quedaban los trajes de vestir, la formalidad que de los grupos clásicos abría un tajo entre el stage y la pista de baile: Tropicalísimo Apache, Tropicalísimo Lobo, Núñez Musical, Grupo Everest, incluso la Sonora Dinamita y la Tropicana.

Se enfiló rumbo al camión, ahí debían estar Yiyo, Amador y Susana. O tal vez todos los Chicos. Se quedaron de ver en el Hotel Palacio Real para salir juntos.

Quiro decidió ir aparte. Después de un vivir un año juntos en una casa de tres cuartos, necesitaba su espacio. Su tiempo. Sus ondas. Así había llegado al Gabacho a los dieciséis años. Solo. Ni siquiera con una guitarra o un bróder. Allá jaló en la construcción. Por eso se había forjado: hombros anchos, brazos fuertes por la cargadera de botes, cemento y block, figura trabada, maciza, y una panza caguamera: un cholo como Dios manda.



Horas antes del baile en la Alameda. Por la mañana. Sin público. Los técnicos de sonido y el staff de la radiodifusora acomodan el cablerío para que la música suene machín. Pavas Muñoz, güirista, ayuda, descarga pedestales, bocinas, consolas, checa el pedo; es su costumbre: empezó con la música como cargador y asistente. Antes de bautizarse con los Chicos de Barrio, trabajó como ingeniero de sonido con Tropicalísimo Apache.

Yiyo, que tocaba con el Apache piña, el gringo, el pirata, lo invitó a jalar con los Chicos de Barrio. Las colonias Nueva Rosita, Martínez Adame y Maclovio Herrera están pegaditas. Se conocían por los juegos de futbol entre barrios en el llano.

—Alfonso, nos vamos a California, vente con nosotros de ingeniero. ¿Pa qué te quedas?

Todavía no era conocido como Pavas. Todavía no le caía maciza la carrilla.

—Es que andas con los de Apache, por eso no te quieres venir, ¿verdad?

En realidad Yiyo no batalló. Vámonos o qué. Al otro lado está el chou, el bisnes, la feria. Hay dónde cantonear y vamos a grabar un disco.

Le tramitaron la visa. Pavas no lo creía.

Cuando llegaron a California se dio cuenta que nadie tocaba el güiro. Qué pues, dónde quedó el sello de La Laguna. Hay que rasparle, si no, no suena. Y cogió el instrumento.

Terminaron de instalar el equipo. Regresó a su casa y durmió.

Lo que vio desde la ruta a las cuatro de la tarde en la Alameda no era un sueño. Grupos de fans, gente que pedía un pedazo de los Chicos, que gritaba Dimas, Yiyo, Susy, Pavas, Capi, Quiro sin saber que caminaban entre ellos como fantasmas.



La ambulancia no puede pasar. La Alameda, atascadísima, ha dejado de bailar. Otra vez Lucy Ramírez al micrófono, hijos de la chingada, estense quietos, cabrones, compórtense, es un evento familiar, querían a los Chicos de Barrio, pues ahora no les vamos a traer ni madres. Qué le pasó a la comadrita de la Talacha. De un lado el público no se sabe lo que pasa. Del otro, botellas al aire, insultos, jalones, madrizas. El grupo en el escenario deja de tocar. Ruido blanco. Un zumbido. Chanates que vuelan asustados, salen disparados de los árboles de la Alameda. Cuál es el pinche pedo, cálmense, camaradas, vamos a pasarla chido ¿o qué, no los entona el cumbión? Dimas al micrófono. Ojos en blanco. La raza se detiene. ¿Ya estuvo? En el extremo de la Alameda, en el punto del desmadre, un vato cae sin meter las manos en una jardinera. Un muerto, filereado, picado, uno y los que faltan, dice la gente con temor, otros ríen, otros no saben qué sucede. La ambulancia logra pasar. La raza se abre. En una camilla, con la cabeza abierta, un cholo, playera dos equis ele de los Chicago Bulls, pantalón guango. Adiós, carnal. Dimas mira a su público. Los Chicos de Barrio. Todos en sus lugares. Capi al fondo en la batería. Pavas en el güiro. Sergio y Ricardo en los saxofones. Gerardo en la trompeta. Poncho el Zurdo en la guitarra. Quiro en el bajo. El Yiyo al extremo derecho en los teclados y el acordeón. Susana Ortiz y Dimas Maciel al centro, frente a las miles de personas que venían de todas las rancherías y los barrios de la La Laguna. Desde San Pedro hasta Cuencamé, báilelo chidote, compa, con los Chicos de Barrio.



—A chinga y ese camión de quién es.

—Es de ustedes, Yiyo, para que se muevan como profesionales.

Amador Granados, playera blanca, pantalón de mezclilla, lente oscuro y melena ondulada al estilo de los Bukis, se recarga a lado del autobús plateado, reluciente, una chulada, señala a un lado y se ve el logotipo de los Chicos: un pachuco con traje morado, las manos metidas en las bolsas, lentes negros, sombrero, zapatos de charol, actitud, estilo y el nombre del grupo con letras grandes, rojas, como graffiteadas: CHICOS DE BARRIO. Ahí tienes, papá. Tu Sueño. Atáscate.

Afuera del Hotel Palacio Real no camina nadie. La Plaza de Armas es azotada por el sol de medio día. Yiyo mira su reflejo en la hojalata plateada. Es un morrillo escuálido, un fideo apenas erguido. Ahora sí son una banda. Una familia. No mermas.

Qué hace tanto tocaba el teclado con Tennessee Brass. Big band, jazz, swing. Desde chavito se curtió en la música. Su papa y sus tíos eran Los Siete de Torreón, una banda que amenizaba en los salones de la ciudad y en la Zona de Tolerancia. De ahí saltó al cumbión con Tropicalísimo Apache, Grupo Everest y ahora los Chicos de Barrio, tecladista, arreglista, compositor, el cerebro y, junto con Dimas, el sabor.

Amador y Yiyo esperan a los demás Chicos. Nadie llega.

—No creo que vengan. Vámonos de una vez. Seguro le caen allá.

Susana Ortiz aparece corriendo. Vestido negro, medias negras y transparentes, botas militares, peinado alto, copeteado. Susy bajo el sol, fatigada, suda y sonríe. El camión con el sello de los Chicos de Barrio la refresca. Saluda a Amador y a Yiyo. Su voz es grave y del tamaño de su cuerpo. Chingonota. Gruesa.

Sabía que este año valdría la pena. Lejos de casa, de mis papis, de mis amigos. Vi el camión y supe que no era un sueño. Bueno, sí lo era, un Sueño hecho realidad. La cumbia no es un camino fácil. Hemos batallado. Cantar pop, eso cualquiera. La cumbia es difícil, es más rápida, más sabroseada. El pop es muy limitado, sólo cantas pendejadillas del amor. En la cumbia hablas del amor, el desamor, de la vida, de lo que necesita y le gusta a la gente. Susana saluda a Yiyo y a Amador.

—Mira esta chulada, Susy, mira nomás lo que nos trajo mi compadre.

—Pues vámonos riendo, ¿o qué?

Los tres se trepan al autobús. Interiores cafés, material sintético, metales, una estancia con tele, literas y un cuarto al fondo. Se respira a nuevo.

—Quién te viera, Susy, siguiendo los pasos de tu jefe, es más, hasta más chidote. ¿Te acuerdas cuando morritos los veíamos ensayar?

—Sí, ahí estaba el Dimas también, bien chiquitos los tres. Nos regañaban porque desconectábamos los cables.

—Oye, Amador, pero todavía ni son las dos de la tarde, pichas los lonches en la Alameda, ¿no? Vamos a llegar muy temprano, ¿no crees, Susy? Apenas ha de estar comiendo la gente, no va a haber nadie.

Seguimos el camino que inauguró Tropicalísimo Apache. Mi papi Arturo junto con sus hermanos Pedro y José Inés. Conjunto tropical, el sello que le dio nombre musical a La Laguna. Pero llegaremos más lejos. Susana se sienta, segura, sonriente, se acomoda el copete, que no caiga, que el rimo no pare.

Amador conduce, por el retrovisor Torreón parece hundirse en una sopa hirviente. El río Nazas ha desaparecido, en su lugar queda un lecho seco, matorrales, perros atropellados, llantas ponchadas. Por el retrovisor Torreón y Gómez se hunden. Amador pisa el acelerador, al frente, sí, hacia adelante, donde el pavimento brilla, se menea y seduce.



Cuando Yiyo, Susana y Amador llegaron, la Alameda estaba vacía. A un lado de la fuente del Pensador, la tarima y el equipo de sonido listos. Los técnicos tiraban barra, comían lonches o tacos. ¿A qué hora llegaría la gente? Es más, ¿llegaría gente? En California les avisaron que su primer disco estaba pegando fuerte en Torreón, que era hora de un baile, una presentación en sociedad. Fue Amador el que personalmente amarró el negocio.

—Mis Chicos quieren trabajar, ¿cuánto por poner las rolas en La Zeta? ¿Y en La Caliente? ¿Y en Estéreo Gallito? Ahí está la feria.

Lo demás resultó una avalancha. Oye comadrita Lucy, ¿de dónde son los chavos que tocan La flor de melón? Ni idea que eran de La Laguna: Torreón Coahuila y Gómez Palacio Durango, son paisas, no se confundan porque en las canciones mandan saludos a la gente de California y Texas que los han apoyado. Se formaron grupos de fans; ellas se encargaron de hablar a la radio y pedir los temas. Iniciaron las complacencias. Oye, mi Zorro, ponme la de Triste lagunera, no seas. Órale pues, para todas las cholitas, el nuevo tema de los Chicos de Barrio, márquenla con la Rica y apretadita, ¡fierro!

Después de comer unos lonches, Yiyo y Susana se dieron cuenta que un montón de gente rodeaba el camión. ¿Cuántos son? Un chingo y dos costales. Y siguen llegando. De pronto el camión se tambalea. ¡Los Chicos, que salgan los Chicos de Barrio! Los de seguridad fueron tragados por la muchedumbre.

—No brinquen las vallas, no pasen por aquí.

Soltaron varios madrazos. Amador, desde la tarima, sonreía, su melena ondulada se agitaba por el aliento de miles de laguneros; se cruza de brazos, pasan por su cabeza los recuerdos de cuando los Chicos tocaban tecnobanda y cóvers en las plazas y bares de California. Eran su apuesta.

Susy se asoma por la ventana y busca con la mirada a los demás Chicos.

—¡Miren, allá está Susana, la que cantaba en Everest!

La raza se dejó caer con fuerza al camión. Querían un saludo de Susana, una sonrisa, un mechón de su melena rizada. Yiyo sintió que era el momento de tomar una caguama helada. Ojalá alguien traiga, con este calor ya deberíamos estar pisteando.



Quiro, Pavas, Capi, Zurdo, Ricardo, Sergio y Gerardo entraron al camión después de esquivar agarrones, manotazos, gritos, pancartas. ¿Qué está pasando? ¿Y desde cuándo tenemos camión? ¿Y Dimas? Sudaban entre felices y paniqueados.

—¡Allá está Dimas, el del copete güero, el que cantaba con Everest!

Quiso correr. Estaba rodeado. Buscó a los del staff, vio el camión, Susy, Yiyo y Quiro saludando, ya vamos, dejen pasar al Dimas y les tocamos cumbia hasta que amanezca.

Las morritas se acercaron al cantante, una foto, un apretón, un abrazo, bésame, gózame, márcame, cántame, mándame saludos, te queremos, siempre pedimos tus canciones en la radio. Sonríe, muñeco, el cantante es el galán, los demás como quiera ya llegaron al autobús, déjate querer, déjate caer.

—Ahí viene, Dimas, bájense por él.

Con ayuda del staff, Quiro y Pavas agarraron a Dimas y lo guiaron hasta el camión, en el recorrido les cayeron manotazos y agarrones, besos desde la distancia, sudor, roce de pieles.

Los diez Chicos juntos en el camión. Todavía Rubén el Ziguas no se unía al grupo. Tenía pedos. Pero con diez se arma. Dimas agárrate las tumbas y dale. Se tomaron de las manos, en círculo, cerraron los ojos, agradecieron, oraron, se apretaron con más fuerza. Es hora, hay que salir al escenario. El público espera.

—Y desde la Comarca mi cumbión, nosotros somos los Chicos de Barrio, márquenla, márquenla.

Dimas salta, el público grita y disfruta.

—Para toda la raza que nos estuvo esperando y apoyando, para todas las fans que piden nuestras rolitas, para todos los barrios de la Comarca Lagunera, para toda mi gente: esto es Mi Torreón.

El primer golpe del Capi en la tarola encendió la mecha. Le siguieron las tumbas. Dimas salta, Yiyo guapea, desliza los dedos de una tecla a otra, guapea, Yiyo, guapea. La gente brinca, agita los brazos en el aire, señas, contorsiones, éste cumbión sí entona, esta cumbia sí prende machín, báilele, báilele.

Los Chicos de Barrio son los dueños. Rifan, dominan y controlan.



Mi Torreón es mi Torreón
y por eso yo lo quiero.
Ahí hallé mi primer diente
y dije mi primer te quiero.
Mi Torreón es mi Torreón
Si he de morir por él yo muero.
Ahí hallé mi primer amor
ahí hallé mi primer tormento.



No se les olvide que tenemos una cita. Los espero a las cuatro de la tarde en la Alameda Zaragoza para que disfruten de la presencia de los Chicos de Barrio. No se van a arrepentir. Es un súper grupazo. Son unos jóvenes que traen toda la energía. Ahí los espera su comadrita Lucy Ramírez. No falten. Esto fue La Hora de la Talacha.



—Ahí empezó todo.

—Estuvo machinsote pues. ¿Y qué pensabas, mi Dimas?

—La mera verdad no sabía qué estaba ocurriendo. Es la inocencia de ser artista y no saber lo que está
pasando.

Nochebuena en tu cuerpo, de VV. AA.



La Nochebuena es una oportunidad para dar y recibir. El pecado es no gozar. Nochebuena en tu cuerpo, de la colección La sonrisa vertical, es un libro de coyuntura con las festividades decembrinas, que reúne a nueve autores mexicanos para narrar la celebración del cuerpo en la víspera de Navidad. Éste es el punto de partida. El fin, tanto en literatura como en erotismo, es el placer.

“Mal día para un velorio”, de Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) abre el volumen de cuentos con la muerte de una mujer. Su esposo la recuerda pero una fragancia y un sonido de tacones de aguja lo perturban. El erotismo despertado por el aroma y las palabras lascivas guardadas en la memoria. Mientras el cuerpo de la mujer yace en el ataúd, el cuerpo y la mente de su esposo funcionan bajo el impulso del deseo de una relación casi incestuosa. “Ofelia, Marcos lo recordaba bien despedía aromas distintos según su estado de ánimo. Si la atacaba la furia, emanaba de ella un efluvio a almizcle más o menos amargo; cuando se hallaba contenta, sus humores eran infantiles, como los de un recién nacido; invadida por la tristeza, olía a talco o a leche; y si estaba excitada, su piel parecía evaporarse en una mezcla incisiva de flores silvestres, brisa marina y sangre fresca”.

“A cuatro manos” es el encuentro casual entre una joven que lee (y escucha a) las manos y un ejecutivo maduro. En este relato Luis Humberto Crosthwaite (Tijuana, Baja California, 1962) brinda autonomía a las extremidades superiores del cuerpo. Ellas esconden deseos, hablan un idioma apenas perceptible. La joven, en lo que parecía ser un acto de charlatanería, lo convence del misterio que guardan en silencio las manos, guiándolo a explorar el fino gozo del contacto. “El hombre no se sorprende al sentir las manos de ella sobre su cuerpo, primero recorriendo su cara, su cuello, soltando su corbata, desabotonando su camisa. Las manos de ella recorren su pecho, su estómago; despiertan deseo, conversan. Por un momentos él escucha el lamento de esas manos de uñas finamente pintadas. Entiende que ambos, hombre y mujer, tienen historias similares".

Francisco Hinojosa (Ciudad de México, 1964) en “Muñeca” cuenta en versos la fantasía de un hombre por recibir un regalo muy particular. La imaginación es la verdadera herramienta erótica. “Introduce la media en el pie derecho./ Las uñas de los dedos pintadas de violeta./ Lentamente./ El empeine./ Avanza centímetro a centímetro./ Pierna arriba./ Hacia la ingle./ Los vellos invisibles en el camino./ La otra media./ La misma operación./ Lenta./ Un suave desliz./ Un recorrido con pausas./ La respiración. / Fin del camino”.

Un mito contado con sumisión y sin sabor es reconstruido por Álvaro Enrigue (Ciudad de México, 1969) con malicia y placer en la “Anunciación”: la noticia de que María será la madre de Dios encarnado. El erotismo se mueve en la frontera de lo divino y lo terrenal. O las confunde o fusiona. “El ángel no tendría por qué ir vestido: es un ángel. […] nota tras el velo de luz que los dedos de los pies del ángel, y sus pantorrillas, están libres de los ropones que cubrían a todos los hombres y mujeres que había visto en su vida. Tal vez se pregunta si todos los pies y todas las pantorrillas son siempre así, si cuando quedan descubiertos son tan irresistiblemente hermosos, si la urgencia por tocarlos, por comérselos, es normal”.

Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) recurre al deterioro del matrimonio para dar fuerza a una sexyleyenda urbana: la aparición en los vagones del metro de mujeres sensuales vestidas como Santa Claus. El erotismo rompe la rutina y devuelve la vida. Por eso la urgencia del protagonista por satisfacer este deseo “En un vagón del metro Utopía”. “El que se trate de un deseo sin cumplirse, que se posterga cada año, le da un brillo especial a la temporada, habitualmente plagada de costumbres y ritos de sobra conocidos”.

Navidad en un table dance es el motivo del cuento de Claudia Guillén (Ciudad de México, 1963) “Rostros sin identidad”. Un pequeño grupo de clientes y pocas chicas dan como resultado una ligera comezón sexual entre el guardia del table y un joven borracho canadiense. Pese a la ropa ajustada, al baile y al destape del cuerpo, el ambiente escurre tedio. El erotismo no es sólo quitarse la ropa. La atracción despierta de maneras inusitadas. “Pensaba que, quizá como yo había probado de todo menos hombre, pues ya no había nada más por conocer. Veía como Yamilé se contorsionaba y no le causaba ningún tipo de placer; en cambio la mirada fija del chico de Montreal lo tenía inquieto y molesto. Sólo falta que a mi edad me vuelva puto, pensó”.

Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981) da voz a una chica de trece años que narra la excitación sexual de la adolescencia. Cierta ingenuidad deviene candor, despertar a la intuición, el pulso erótico en sus primeras fiebres. “La fragilidad de las esferas” va del juego al apetito, el desarrollo natural; el erotismo, a final de cuentas, despierta un juego insaciable. “Me asomé a la tina y abrí un poco la fría. Él seguía ahí parado sin moverse. Empecé a quitarme los tenis y él hizo lo mismo […] Luego nos desabrochamos los pantalones y nos los quitamos al mismo tiempo. Manuel se empezó a reír, señalando mis calzones de ranitas. Me enojé y le hice cara, así que también se calló. Luego nos quitamos la playera y nos quedamos ahí parados, viéndonos uno a otro sin hacer nada. Le di la espalda, me quité el corpiño —lo uso de adorno porque no tengo nada—, los calzones y me metí rapidísimo al agua porque me dio pena. Luego él me alcanzó".

Un hombre solitario sale con la única mujer que le da un poco de atención. La relación vuelve formal a tal grado que se comprometen. “Blanca Navidad”, de Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955), cuenta la historia de un hombre que sufre porque su prometida sólo le regalará su tesorito cuando se casen. La ansiedad y la fantasía, complementadas con el machismo de sus compañeros de oficina, llevan al protagonista a gastar el dinero de la boda en un viaje de turismo sexual con una princesa de las nieves, para pasar la Navidad como se ve en las películas. “Aquel sueño con Estela donde asía donde así entre los dientes el sostén para bajarlo y encontrar su pezón, fue posible mientras mordisqueaba la orilla de hielo en el escote de la reina. A lengüetazos y mordidas de un hielo, cuyo sabor le recordaba la sidra con que festejaba los fines de año en el trabajo, fue descubriendo el cuerpo albo que lo deslumbró”.

El libro cierra con una escena erótica entre una joven y una bestia. Un animal produce el gozo más escalofriante y placentero en una dama. Lo inesperado y lo temido conforman un universo erótico de posibilidades infinitas. “Navidad negra”, de Gabriela Jauregui (Ciudad de México, 1979) describe un placer casi insoportable porque la protagonista no cree lo que está pasando. “El lobo tiene un olor metálico puro, como de sangre, un olor completamente salvaje. Y huele a pino, a bosque, huele a sangre, huele a baba. La lengua del lobo que se había entremetido en los labios externos e internos de Silvia, ahora la lame, la lame como si tuviera sed, como si Silvia fuera un pequeño charco. Y lo es”.

La imaginación es el límite para pasar una Nochebuena. Los nueve autores citados narran aventuras que exaltan los sentidos, que apelan al recuerdo, a la fantasía y al deseo. Nochebuena en tu cuerpo es un libro que invita a saborear un diciembre de pieles, aromas y sensaciones. Un libro para regalar placer.

http://www.suplementodelibros.com/2011/12/nochebuenaentucuerpo/

Reseña
VV. AA. Nochebuena en tu cuerpo. Tusquets Editores México. México, 2011.

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El refugio del hurón, de Juan Gerardo Aguilar



En los nueve cuentos que forman el primer volumen de Juan Gerardo Aguilar (Zacatecas, 1977) se mueven personajes encerrados, atados, en búsqueda. La cotidianidad obliga a vivir como prisionero. Un matrimonio, los hijos, la soledad, el trabajo, la espera. A final de cuentas todo es una expresión de enfermedad. El refugio del hurón parece hablar de algo turbio. Un estilo preciso, frases cortas que van de la reflexión al recuerdo, un ida y vuelta que construyen o permiten que el lector vea, toque y respire los límites de la jaula.

La felicidad es un trozo de pan difícil de tragar. Tan pronto como está a nuestro alcance, como pordioseros hambreados, lo devoramos de un bocado. Pero no bien intentamos pasarlo, se nos atora en la garganta”. Por eso los recién casados, con el transcurso de los años, se miran como las ruinas de una hermosa civilización abandonada. Una historia que se engrandece con el mito y la distancia. Juan Gerardo Aguilar logra construir y definir personajes, situaciones que reflexionan sobre la soledad, la impotencia y la mínima ilusión del cambio: la jaula también permite que el animal no muero asfixiado.
Con una estructura narrativa que apela a finales inesperados, los cuentos se apoyan en el efecto emotivo. Las emociones se atragantan en el gaznate de un marido que quiere abandonar a su esposa y a sus hijos, y decide, mientras maneja, soltar el volante, entregarse al azar. Por momentos los cuentos parecieran revelar de más el final como si los guiños resultaran excesivos. El narrador, sin embargo, logra algo que se antoja un ejercicio de honestidad: los cuentos desembocan en una descarga emotiva fuera de dramas lacrimógenos, rosas o efectistas; El refugio del hurón jala al lector hacia la empatía.
Juan Gerardo Aguilar nos vuelve cómplices. Ya sea como esposos, amantes, un viejo enamorado de una joven deportista amateur, un fotógrafo suicida o una muchacha de pueblo que espera la llegada de su hombre que se fue al otro lado. Nos revela como pequeños animales enjaulados. Esperamos. ¿Qué? “…qué más da, si lo que quería era llegar a cualquier sitio y disfrutar de la sensación reconfortante que da el regreso a casa”.
Reseña
Aguilar, Juan Gerardo. El refugio del hurón. Instituto Zacatecano de Cultura "Ramón López Velarde"-Jus. México, 2010.

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Morirse de memoria, de Emiliano Monge



Qué soñé que he despertado preguntándome quién soy”, se pregunta un hombre cuando abre los ojos en su cama. La respuesta es un espiral de recuerdos. La memoria al descubierto con sus misterios, bifurcaciones, claridad e imprecisión. La memoria también es una asesina que nos persigue.

El protagonista de Morirse de memoria, despierta de un sueño. La mañana se asoma como una dimensión extraña. Siente el contacto con la sábana, la luz que se filtra por las persianas, la ceniza en el piso y las paredes desgastadas. El protagonista, nuestro hombre, descubre la épica de levantarse de la cama, recuerda y arma a pedazos la historia de su hermano muerto, su madre, su abuelo, su ex mujer, sus mascotas. El lenguaje en la novela de Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) es un camino para descubrir. ¿Qué? “En qué momento empecé a ser el que quería, desde cuándo”. Y más importante por qué.

Monge narra un ejercicio psicológico en el que, por un lado, nuestro hombre se levanta, camina, toca y por el lado profundo, evoca un laberinto de memorias que esconden una tragedia.
El narrador nos lleva por este laberinto como quien camina tratando de seguir los pasos que, aunque no lleven a una salida, lo dejen en un lugar reconocible y cómodo. Por eso leemos reiteraciones, variaciones de escenas, la reconstrucción se vuelve ficción de uno mismo.

Sin embargo el lenguaje de Monge ilumina cada reiteración con un brillo distinto, en cada pasadizo del laberinto encontramos algo nuevo. La lírica en Morirse de memoria nos despierta y nos cuestiona. “Me ha despertado la pregunta, qué soy, quién he sido. Dormir dejó hace tiempo de ser una tregua”.

El misterio de la muerte del hermano conduce a nuestro protagonista a hablar en plural. “Quién seré a partir de ahora que de golpe soy nosotros, no reconozco como mía la voz que me hace estas preguntas”. La memoria se vacía para llenar el recuerdo del difunto. O es la memoria del difunto que llena a los vivos.

La luz indefinida, el calor asfixiante, el incendio, el real que provocó una tragedia y el fuego simbólico, junto con la ceniza que cubre los objetos producen la sensación de desconcierto, de un mundo oculto en la neblina, objetos indefinidos que es preciso tocarlos para recordar la vida que dejamos anclada en algún mar infantil.
Algo similar sucede con el cuerpo. En Morirse de memoria nuestro hombre parece no tener control de sus movimientos, la memoria de los objetos lo absorbe, lo jala. La memoria no detiene su persecución. Alguien tiene que morir. Y renacer.

Emiliano Monge nos muestra un mundo donde lo familiar es un velo que con la palabra adquiere su verdad mutable.

http://www.suplementodelibros.com/2011/12/morirsedememoria-monge/

Reseña:
Monge, Emiliano. Morirse de memoria. Sexto Piso. México, 2009.

En librosampleados.