miércoles, abril 23, 2008

El cinismo de Sísifo

Al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957, Albert Camus dijo en su discurso: indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podría hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. A poco más de 50 años de este discurso el panorama mundial no ha cambiado radicalmente. Camus decía de la generación de su época que era heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas. Todo esto al servicio del odio y la opresión. Con este discurso Albert Camus definía el papel del escritor en la sociedad contemporánea, una sociedad que, pese a medio siglo de distancia, no nos es tan lejana. La pregunta camusiana obligatoria sería ¿qué labor le toca a nuestra generación? No me atreveré a responder con discursos morales cliché y de mal gusto. Ni siquiera pretendo mover consciencias ni dejar la pregunta de tarea ni alarmar a nadie ni nada.

Con frecuencia la novela El extranjero (1942) ha sido utilizada como ejemplo de la carencia de valores y la antipatía del hombre del periodo entre (y pos)guerras. El protagonista, Meursault, según esta visión, no es un símbolo sino un retrato, una descripción fiel de la humanidad despojada de responsabilidad y culpa. ¿De qué se le culpa al personaje? De un homicidio, pero la falta mayor es no mostrar sentimientos, no sentir culpa por matar a un hombre y por no sentir nada frente al cadáver de su madre. Creo que se puede extender esta escena y decir que la sociedad de esa época mató a otros hombres y no sintió nada frente al derrumbamiento de las generaciones anteriores (su madre). Los rebeldes, los existencialistas (y los abanderados como no-existencialistas pero con una sensibilidad absurda como Albert Camus) fueron los que denunciaron esto y trataron de remediarlo. Hoy las cosas parecen un poco diferentes, al menos a grandes rasgos: seguimos matando al prójimo y seguimos enterrando a nuestra madre (las generaciones que nos anteceden) pero hoy hacemos de eso una fiesta (en el mejor de los casos) o un deporte o un comercio. Pareciera que la labor de nuestra generación fuera hacer olvidar que el mundo se deshace o convertir el derrumbe en un espectáculo maravilloso pay per view. Pero esta no es una respuesta definitiva. Es una divagación aleatoria, un poco de cinismo. En última instancia, yo también participo en el espectáculo, nomás que no soy el rockstar que siempre quise, el güerito rebeldoso y drogadicto a la Kurt Cobain o el mesiánico Jim Morrison.

No terminaré reclamando a la historia o al cosmos o al hacedor de su preferencia porqué no existen más Albert Camus o porqué no soy como él. Más bien, terminaré como tantas veces decía Meursault: Todo esto no significaba nada. De todos modos uno es siempre un poco culpable.

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