sábado, octubre 06, 2007

Los oficios a través del poeta

a Jaime Muñoz Vargas, maestrazo

Yo no lo tengo miedo a trabajar Tal vez sólo tenga flojera o una resistencia natural e intantiloide a las responsabilidades de la adultez, a ya no usar Converse ni pulseras ni posibles piercings en la jeta, a convertirme en un burócrata o en un maestrillo de inútiles clases de ortografía. Pero, insisto, yo no le tengo miedo a partirme el lomo para sacar el pipirín. Y, aunque, mi imaginación y mis obsesiones estén más orientadas a la materia del agua, admito que sí pude tener una extraña experiencia poética en los oficios del fuego y de las manos que describe este poemario, Oficios.

De manopla lagunera, el joven creador Édgar Valencia (Cd. Victoria, Tamaulipas, 1975), nos muestra con sensibilidad nostálgica y versos finos su oficio depurado para abordar la poética de la realidad laboral o la poética del oficio a ras de tierra. Valencia canta con imágenes sacadas de la materia propia del oficio, canta el drama cotidiano del fuego que transforma los metales, “Al atardecer del metal el agua / grita al tocarle”; que da sentido al vidrio, “al polvo de cristal que se abandona / a la suerte, a la magia o al capricho / de la llama de aliento incandescente”; que ilumina las alcobas como un “exorcismo inútil a las sombras”. Pero no sólo canta a la materia, canta al hombre que la maneja como hechicero abandonado, solitario, derrotado; seres que dominan la flama y sus manos, y que escuchan a Dios “como a un rumor cansado”. Esto es Oficio del fuego, un mosaico de chambas que rozan la mística de la nostalgia.

Luego, un Intermedio de tierra y agua. La mejor parte del libro junto con el apartado final. Aquí se deja a un lado la descripción de los oficios para llevar la subjetividad a temperaturas más altas e íntimas. Con ayuda de los elementos (tierra y agua), Édgar logra dos poemas de gran calibre poético, nos hace ver que “También el desierto es agua, hablaste / aquella tarde que, invariablemente / siempre, / tampoco nadie te escuchaba”. En medio de la tierra y del agua está la soledad, la nostalgia, el deseo frustrado, las ansias locas que se retomarán en la última parte del poemario, Oficio de tu cuerpo.

Pero antes de llegar a la mera vena, el autor nos despacha con Oficios y manos y Antífona de Oriente. El primero continúa la serie de trabajos: molinero, impresor, conductor, arriero, carpintero, albañil y ninfa. El tono fino casi como un murmullo y la delicadeza de los versos hacen de estos jales actividades dedicadas a las ausencias, a las heridas marcadas por la soledad. Estos son poemas donde “un grano de voz inunda el llanto”, y donde se edifica “entre varilla y polvo / el verso más siniestro del ocaso”. Antífona de Oriente son once haikús. Algunos de mayor intensidad que otros, unos mejor logrados, más contundentes.”El verso breve / en la página blanca / tiñe paisajes”.

Por fin, el ansiado final que, después de la irregularidad de los haikús, reafirma la calidad creadora de Édgar Valencia. Oficios de tu cuerpo no es un baile de cartucho, ni una voz cachonda en el oído mientras se aprietan las lonjitas. Nanay, estos versos son un deleite de delicadeza, sensualidad, belleza, simbolismo y sensibilidad con la persistencia del cuerpo ausente o recordado o deseado. “Tu cuerpo en su molde equivocado / en su escándalo de abejas / es una llama que camina por la alfombra”. Parece que el cuerpo detona mejores destellos verbales en la sensibilidad de su creador: “no hay voz que se atreva y responda / a la duda incandescente de tu espalda / donde confluyen veredas y delirios / una voz cabalga a tu silueta / como una luz de sonido intraducible”.

Y como dije al inicio. No le tengo miedo a chambear. Acaso una pregunta me pasa por la cabeza “¿a qué precipicio de rumores nos lanzamos?” No sé, pero yo me lanzo y celebro el Oficios de Édgar Valencia.

Valencia, Édgar. Oficios. Ediciones Casa Juan Pablos. Casa de la Cultura de Torreón. México, 2002.

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