domingo, octubre 28, 2007

¡Cuidado, tres perros sueltos!

Tres perros escarban en la basura, ladran, andan errantes olfateando culos, recibiendo pedradas y siguiendo con la búsqueda diaria de la comilona entre los desperdicios de las bolsas cochinas de Soriana. Estos tres perros ladran y aúllan, es decir, cantan y beben hasta devenir hombres que anuncian el infortunio y la desgracia. Señores, estos perros son poetas y con sus líneas muerden y estremecen. Decía Bachelard “la función principal de la poesía es transformarnos” y estos tres batos han sido transformados por la vida, las mujeres, el alcohol, las drogas, los excesos y, antes y después y entre todo eso, la poesía. Ni pedo, carnales. Este libro es un libro de confesión y de mordidas, de ladridos que anuncian la muerte y celebran la jodida vida. Tres poetas perros (antologado por Eusebio Ruvalcaba) es verse en el espejo que uno siempre quiso ocultar, es llegar a la borrachera y saberse grosero, cochino, desgraciado y sensible, ¡puuuuuuuuuuta maaaaadre!

La antología comienza con un joven lagunero de una voz única: Carlos Reyes Ávila (Torreón, Coah., 1976) de quien se dice que es “ebrio, poeta y mago, padrote y cabrón”. No lo conozco en persona pero su poesía es una de las más originales y desafiantes de la laguna. El poema Nací bajo el signo de una estrella apagándose lo confirma. Es un poema de largo aliento en el que se mezclan, con esa voz rítmica y provocadora, la confesión, las cantinas, las mujeres y sus derivados naturales: el sexo, el desgarre, la desilusión, la ebriedad. A través de varios momentos poéticos, Reyes Ávila, nos mete a una cantina, y se nos confiesa “yo bebo / para nadie es noticia”, claro, lo sabemos pero lo que descubrimos a través de las páginas es que “hoy bebo y pago / hay que pagar el derecho / a llamarse bebedor”. Eso sí está más canijo. Carlos lo sabe y nos lo ha mostrado en Habitar la transparencia (su tercer poemario, ICOCULT, 2003). Y esa experiencia y sus fantasmas habitan fragmentos de Nací bajo el signo…, por eso encontramos reminiscencias de sombras y caifanes. El poema continúa su desarrollo pasando por el erotismo arrabalero con oraciones a un téibol baratísimo y mugriento: “Ay Nanita / no te acabes, no te mueras / que eres lugar del pueblo / el consuelo que dios nos puso / al alcance del bolsillo”, y con la consciencia de saberse un hombre que escarba como un perro que hubiera encontrado un tesoro en la entrepierna de la mujer “las hemos enseñado a bendecir la verga / a lamerla, a tragarla más allá de su prudencia y recato / las hemos hecho putas entre las lágrimas […] porque las hemos sexuado / las hemos denigrado / sobajado / pisoteado / orinado / golpeado / humillado / ¿por qué siempre / hemos de arruinar la belleza?”. El erotismo escatológico cede por momentos para dejarnos oír otra voz, un erotismo un tanto místico que nos recuerda a Luna de cáncer (su primer poemario, ICOCULT, 1999): “IRUMARI suda el cuerpo con entusiasmo / Mientras las putas convidan su aliento […] La luna creciente lame los fuegos del incesto”. Quizás estas inserciones y estos cambios de forma restan unidad al poema, que en general mantiene una poética lasciva en la que persiste el semen, el culo, la verga y la cogida, y no tanto un simbolismo oscuro casi oracular propio de otros poemas del mismo autor.

El segundo autor es Carlos Velázquez (Torreón, Coah., 1978) de quien ya he escrito sobre su delirante Cuco Sánchez Blues (ICOCULT, 2004), su maniática deformación o reestructuración del lenguaje y su temática con sobredosis de alcohol y cocaína. Pues ora, al Charlie lo leemos como poeta. Y a un poeta que sigue la línea de la poesía confesional. Blog/Fotolog/Biopic es Cocarlos Inhalázquez sin el alucine de las palabras destazadas y arrejuntadas, es un ejercicio de honestidad con recursos populares y efectos graciosísimos y desconcertantes: “Estoy aquí como una herida colectiva. / Sufrí / por un amor anoréxico. / Soy un mexicano. / No tengo pasaporte. / Y soy enemigo de beber con moderación. / Soy un hombre que se ha deshecho a sí mismo”. Sí, mis broders esto es Biopic (my space), poema de alto contenido intimista y desgracia colectiva, un aullido solitario en una cantina perdida que suena y resuena el esqueleto de ese ser frágil, jodido y pulgoso que no llamamos perro sino hombre. Litoscar es una ruidola. Y en su poema La fila de las tortillas más larga del mundo canta mesiánicamente “Lázaro / levántate y anda / antes de que cierren el Monte de Piedad / empeña el televisor de la abuela / para que compres cocaína / y sientas el rock & roll”. Pero donde de veras el Velázquez se pasa de lanza y se luce como poeta del imaginario pop y como uno de los “jóvenes escritores laguneros con obra verdaderamente interesante”, como dijo Jaime Muñoz Vargas (http://rutanortelaguna.blogspot.com/ octubre 17, 2007), donde más se luce, pues, es en Aerolíneas mexicanas anuncian la llegada del Amor en su vuelo 204 procedente de California por la puerta 3, ¡ah, jijo de la china hilaria! Este poema es la mera vena. Y no es cuento. Hay de toño y lupe: la espera absurda del “Amor”, el fenómeno pop y su contraparte underground, la histeria colectiva, las analogías con otros fenómenos de masas, el juego y el escándalo de los medios de comunicación, la realidad cotidiana y miserable de los mexicanos. Aquí hay conocimiento y malicia sin rebuscamientos: “Esperábamos el amor en el aeropuerto / lo aguardábamos fijos y cristalinos / como ojos recién pulidos en un niño dios de porcelana”. Más adelante “La misma cultura que había producido fenómenos tan grotescos / como las muertas de Juárez / ahora importaba al amor y no cabía duda / por las instalaciones de nuestros aeropuertos / por la propaganda en telefonía celular / éramos un país de primer mundo”. Matón, ijo, este poema está matón.

La antología concluye con un tal Adrián Román (Iztacalco, DF, 1978) que según su ficha biográfica “Nunca ha hecho nada importante. No trabaja ni tiene vieja, va al cine solo”. Lástima, carnal. Yo también he ido al cine solo. Y también digo, como Adrián, que A las mujeres no les importa si eres poeta, su serie de poemas en esta antología. A diferencia de los perros anteriores, los ladridos de éste son breves, son viñetas bukowskianas en los que abunda la desilusión de igual caninofactura confesional: “Mi currículum sólo tiene mi nombre. […] Entendí que la decadencia llega / En cosa de segundos y no se vuelve a ir / Que llega, incluso, para los que no recibieron medalla, / Para aquellos, que como yo, ni siquiera participaron en la carrera”. En Adrián se percibe la sensación de un domingo sin futbol, un largo domingo de ley seca en pleno verano y sin futbol ni novia ni ganas ni nada. En este poemario la desilusión ha de ser una vieja gorda y modorra que se acuesta con nosotros en la cama; la cotidianidad asume el peso que realmente tiene, su desgaste inútil pero nada trágico. “Hay días que son un puño de tierra en la lengua, […] Hay días secos, podridos, / Que nos miran desde la ventana, / Nos esperan al bajar las escaleras, / Brincan como un pez fuera del agua. […] Hay días tercos que no terminan, / Que no se van”.

Después de los gruñidos y los aullidos y los ladridos los perros se huelen el culo. No el suyo. Sino el prójimo. No es la misma mierda. No todos los culos apestan igual.

Reyes Ávila, Carlos; Velázquez, Carlos; Román, Adríán. Tres poetas perros (antología). La Cábula Ediciones. México, 2007.

sábado, octubre 06, 2007

Los oficios a través del poeta

a Jaime Muñoz Vargas, maestrazo

Yo no lo tengo miedo a trabajar Tal vez sólo tenga flojera o una resistencia natural e intantiloide a las responsabilidades de la adultez, a ya no usar Converse ni pulseras ni posibles piercings en la jeta, a convertirme en un burócrata o en un maestrillo de inútiles clases de ortografía. Pero, insisto, yo no le tengo miedo a partirme el lomo para sacar el pipirín. Y, aunque, mi imaginación y mis obsesiones estén más orientadas a la materia del agua, admito que sí pude tener una extraña experiencia poética en los oficios del fuego y de las manos que describe este poemario, Oficios.

De manopla lagunera, el joven creador Édgar Valencia (Cd. Victoria, Tamaulipas, 1975), nos muestra con sensibilidad nostálgica y versos finos su oficio depurado para abordar la poética de la realidad laboral o la poética del oficio a ras de tierra. Valencia canta con imágenes sacadas de la materia propia del oficio, canta el drama cotidiano del fuego que transforma los metales, “Al atardecer del metal el agua / grita al tocarle”; que da sentido al vidrio, “al polvo de cristal que se abandona / a la suerte, a la magia o al capricho / de la llama de aliento incandescente”; que ilumina las alcobas como un “exorcismo inútil a las sombras”. Pero no sólo canta a la materia, canta al hombre que la maneja como hechicero abandonado, solitario, derrotado; seres que dominan la flama y sus manos, y que escuchan a Dios “como a un rumor cansado”. Esto es Oficio del fuego, un mosaico de chambas que rozan la mística de la nostalgia.

Luego, un Intermedio de tierra y agua. La mejor parte del libro junto con el apartado final. Aquí se deja a un lado la descripción de los oficios para llevar la subjetividad a temperaturas más altas e íntimas. Con ayuda de los elementos (tierra y agua), Édgar logra dos poemas de gran calibre poético, nos hace ver que “También el desierto es agua, hablaste / aquella tarde que, invariablemente / siempre, / tampoco nadie te escuchaba”. En medio de la tierra y del agua está la soledad, la nostalgia, el deseo frustrado, las ansias locas que se retomarán en la última parte del poemario, Oficio de tu cuerpo.

Pero antes de llegar a la mera vena, el autor nos despacha con Oficios y manos y Antífona de Oriente. El primero continúa la serie de trabajos: molinero, impresor, conductor, arriero, carpintero, albañil y ninfa. El tono fino casi como un murmullo y la delicadeza de los versos hacen de estos jales actividades dedicadas a las ausencias, a las heridas marcadas por la soledad. Estos son poemas donde “un grano de voz inunda el llanto”, y donde se edifica “entre varilla y polvo / el verso más siniestro del ocaso”. Antífona de Oriente son once haikús. Algunos de mayor intensidad que otros, unos mejor logrados, más contundentes.”El verso breve / en la página blanca / tiñe paisajes”.

Por fin, el ansiado final que, después de la irregularidad de los haikús, reafirma la calidad creadora de Édgar Valencia. Oficios de tu cuerpo no es un baile de cartucho, ni una voz cachonda en el oído mientras se aprietan las lonjitas. Nanay, estos versos son un deleite de delicadeza, sensualidad, belleza, simbolismo y sensibilidad con la persistencia del cuerpo ausente o recordado o deseado. “Tu cuerpo en su molde equivocado / en su escándalo de abejas / es una llama que camina por la alfombra”. Parece que el cuerpo detona mejores destellos verbales en la sensibilidad de su creador: “no hay voz que se atreva y responda / a la duda incandescente de tu espalda / donde confluyen veredas y delirios / una voz cabalga a tu silueta / como una luz de sonido intraducible”.

Y como dije al inicio. No le tengo miedo a chambear. Acaso una pregunta me pasa por la cabeza “¿a qué precipicio de rumores nos lanzamos?” No sé, pero yo me lanzo y celebro el Oficios de Édgar Valencia.

Valencia, Édgar. Oficios. Ediciones Casa Juan Pablos. Casa de la Cultura de Torreón. México, 2002.