sábado, septiembre 22, 2007

Charlie y la fábrica de cocolocos

a Becky que está en la Argentina, en la joda inacabable, un abrazo.

La primera línea siempre es blanca. Ahora a cocomenzar la escritura porque la mano tiembla hechizada de sodomancia: Carlos, Carlitos, Litoscar, el narrador, el poeta perro, el eterno borracho cocoloco, el Cuco Sánchez Blues. Sí, señores, griten como piedras del campo porque ya está aquí el sujeto que si sus papás lo conocieran no los dejarían salir con él. Bueno, si fueran unos hijos de papi y mami. Como sea, ahí les va el cuento. Llegadle.

Cuco Sánchez Blues de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978) es una apuesta, un riesgo al que sólo le falta un rascahuele en la portada o en la solapa y, por qué no, unas caguamas heladas. Sí, mis reinas, el Cuco anda suelto y en su interior palpitan cuatro cuentos hilarantes, explosivos, delicocos; cuatro cuentos con estilos distintos, formas atrevidas que recorren con humor la jerga cotidiana y la escritura pop, el juego de perspectivas narrativas, la distorsión sodomántica del lenguaje y el constante tono coconfesional. La línea que sí se reitera en los relatos es el contexto cantinero, las cheves casi interminables, los personajes religiosamente pedos, las chavitas, las putas y los drogos; el ambiente sórdido (y sódido, para seguir en línea) tratado con humor, con carcajadas tragicómicas.

El primer cuento, No quiero tu amor, es la historia de Litoscar, un aspirante a escritor (y un borracho, dicho sea de pase), y sus deslices amatorios. “Bien pedote, perdido el estilo Litoscar tenía la costumbre de agarrar nalgas y la peculiaridad de no recordarlo al día siguiente”. En una de esas pedas, Litoscar manosea a una morrita que después lo anda buscando, pero él, sí señores, él ama a otra. ¿Y todo esto qué chingados? Pues para esto el Charlie nos receta un trip lingüístico, una pirotecnia verbal distorsionando la lengua coloquial con sobredosis de humor y delirio, rayando por momentos en chistes privados tan herméticos como el “retetres piedras” del Viejo Paulino en el rolón loco La mesera: “Marcador Corona: Lamuel: aburridísimo, tres cervezas”.

Después viene el cuento que da título al libro, Cuco Sánchez Blues. Una historia de amor, pero amor machín, pasional, de celos, de locura, de machos y hembras. Un juego de perspectivas: el padrote, la puta, el amante, el narrador. Un estilo seco, contundente, sin la pirotecnia del cuento inicial, pero con las mismas cheves, los tugurios y, de pilón, un desenlace matón. “Si ella no es mía, nadie debe ser su padrote. No tendrá sexo con nadie. La mataré. […] Ahora debe estás en el Cuco Sánchez Blues”. ¡Cámara, bato! Sigue la apuesta, sigue el riesgo. Que siga la peda, broder.

Llegamos, a mi juicio (sobrio, por si las dudas), al cuento más delirante, con una forma inteligente y, sin embargo, cocoloca, sodomaniaca, drogoiforme. Apología del manco conjuga la coca con casi todas las palabras, un ejercicio extrañamente fresco, intenso. Pero el juego no es sólo cocofónico, hay innumerables delirios verbales con otros palabras, un ejemplo, China (la morrita de la historia), “China chinampa. Chinampina. Popular. Libre. China libre. Libre para decir. No voy a volver. Y no lo dijo. No le dijo a Carlos”. Ay, Carlos, el escritor que queda manco y, por obra y gracia y caridad y amor de la China se vuelve sodófago, un esnifeador empedernido. “Y recordó que Carlos había dicho en una borrachera Si no tuviera la vocación de escritor sería sodamaníaco”. Y como ya vimos, la China lo sodadespacha y luego lo deja. El relato, entonces, narra de manera algo laberíntica y vertiginosa el recorrido del manco por encontrar a su vieja, con inserciones del pasado de su relación y un final sorpresivo y tragicómico.

Por último, un episodio carnavalesco del mundo puteril, Tuguraciones. Un escritor, admirador del maestrazo José Agustín, se quiere coger a una fichera, en medio de un ambiente sórdido, borracho, nocturno, pintado con descripciones cortas, contundentes y con amplio dominio de la jerga popular, “La descubrí morena y ángel, despiadada y mamacita, emergiendo en la noche del submundo”. Más tarde, después de observarla platican, bailan y se arma un zafarrancho digno de su autor, con mención honorífica en la embriaguez y la diversión etílica y doña blancura. “Platicamos y entre charra y chela, humo y amo, zapatillas y converse, rímel y gorra, aceptó lucrarse conmigo en una refriega en la pista, que además desempañaba las funciones de pasillo, sitio de rocola, área de mesas y masas y punto clavo para el puchador”.

Cuco Sánchez Blues, lo reitero cantando, es un libro que apuesta, que arriesga, que propone, es el espíritu de un escritor torreonense joven, en formación y ascendencia, que recorre, con ingenio y conocimiento y carcajadas punzantes la vida nocturna de la ciudad chica del viejo Torreón. El Velázquez se la rifa y logra unas sabrosuras, unas mejores que otras. Lo intenta y no teme jugársela y quedar tirado y en pelotas en lac alle.

Velázquez, Carlos. Cuco Sánchez Blues. ICOCULT. Colección la Fragua. México, 2004.

sábado, septiembre 15, 2007

Vino a discreción, por favor

a Marco por prestarme el libro y hacerme ver que también tuve un verano como pocos.

Según Gaston Bachelard “Tiene sentido hablar de la estética del fuego, de la psicología del fuego y aun de su moral”. En esta novela se puede hablar del fuego y del alcohol mezclados en un incendio interno como explosiones súbitas en la cabeza, destellos de lucidez bárbara en medio de noches y días enteros de locura etílica. Fuego a discreción (1983), del italiano-argentino Antonio dal Masetto (Intra, Italia, 1938), es una psicología y una moral del alcohol, esas gotas de fuego ritual que animan a “un héroe de causas perdidas”, como el protagonista anónimo de la novela.

A lo largo de veintiocho fragmentos, dal Masetto narra, en primera persona, unos días de un “verano como pocos” en la vida de un escritor que se ha separado de una mujer y anda sin lugar donde vivir y sin trabajo, y que subsiste gracias a la caridad de unos cuantos amigos que le dan un departamento, un poco de comida y un sin fin de vino, whisky y tabaco. En su vagancia por los bares y fiestas se encuentra con una serie de amigos del pasado, mujeres y conocidos desagradables. Todo, al parecer, vuelve a comenzar. Se inicia un nuevo círculo de fuego. Se tiene la “suerte” de recomenzar desde cero.

Con euforia y sin ninguna concesión al sentimentalismo barato, Fuego a discreción es una búsqueda de redención, un recorrido por calles casi azarosas, sin lograr encontrar direcciones, siguiendo rutas de ómnibus, encontrando bares, caras conocidas, antiguos amores, sexo y vino. Todo este delirio guiado mediante prosa nada delirante, al contrario, la narración lleva de la mano con voz natural, precisa, realista, con diálogos irónicos, secos y con breves espacios para la reflexión del narrador-protagonista. Además de tres enigmáticas y extraordinarias inserciones de un relato aparte, alegórico, oscuro que reviste de nuevas interpretaciones la vida errante del escritor y de todos sus congéneres. Estos tres son los fragmentos más oscuros donde dal Masetto sentencia con fuerza y sin piedad, desgarra la condición humana con tesis provocadoras y delirantes:

“El orden que tanto había buscado se sustentaba en la guerra, no en la paz”
“La lucha y la renovación de la lucha. La destrucción y luego el equilibrio, que es la resultante del vértigo”
“El hombre está humillado. Esa es su triste herencia. La humillación es su caos. Y ya que la humillación es una mancha sin regreso, sólo podrá anularse exacerbándola, desencadenando el proceso que la convertirá en su opuesto”

Sin embargo, es “imposible luchar contra el verano”, contra su furia luminosa que todo lo derrite, que todo lo seca, que todo ciega. Tal vez el alcohol es una manera de no secarse, de no acabarse por derretir, de mantenerse en un territorio que luego se habrá de olvidar para comenzar otra vez. ¿Comenzar qué? Una búsqueda de algo que se ignora y al final resulta que “más que una incitación a la vida es una invitación a la desesperación”. ¿O es un camino de purificación, un descenso al infierno para luego volver a habitar el mundo de los hombres?

Dal Masetto, Antonio. Fuego a discreción. Planeta. Segunda edición 1997.

sábado, septiembre 01, 2007

Filtraciones de contemplación y silencio

a Migdy

En la poesía de Hugo Gola (Santa Fe, Argentina, 1927) hay una palabra inicial que nace del olvido. Una contemplación silenciosa y aislada de lo incierto, lo humano no sólo envuelto en sombras, sino en una claridad primigenia que el poeta logra acercar a la página blanca mediante versos, filtraciones gráficas, un “poema que viene / sin buscarlo”.

Filtraciones, dividido en ocho partes, es una meditación sobria y solitaria en la que abundan los silencios, los blancos, el recorrido del olvido para llegar a la palabra libre y condensada que “besa silente / la raíz oculta / y allí / construye para siempre / su morada”. Es también un libro con el rigor estilístico de una consciencia poética madura que juega con el lenguaje y con la imaginación, creando poemas de sencillez aparente y de una riqueza intelectual y sensual en altos grados de condensación. Así, de la mano o ala imaginaria del autor un vuelo se convierte en una variación del alma:

“y si es una danza
el vuelo?
si es un duelo
incesante
con la muerte?
si es colmena de luz
que se construye
en grano
en gota
en invisible espuma?
y si el vuelo
blanco
fuera la mano de dios
y el mar
su alcoba?”

Variaciones o dibujos o claves. Hugo Gola logra, desde el primer poema, crear un universo propio donde todas las posibilidades del juego poético parecen empezar a nacer como “blanca escritura / augurio ancestral / o cifra indescifrada?”.

Filtraciones no es un jugueteo verbal artificioso, un espectáculo intrascendente de fuegos artificiales. No. Esto no es show bussiness. Esto es un recorrido por lo equívoco de saberse vivo y solitario, un compromiso de crear “Un poema [que] intenta responder a las interrogaciones de la edad, testimoniar y revelar las variaciones del alma humana, registrar desde el pulso individual del poeta, las palpitaciones de un tiempo”, como lo dijo Gola en una entrevista para el periódico argentino La Capital.

Al final este poemario no sólo canta la imaginación. No sólo contempla para decir por decir. Al final se siente una angustia primordial, un tiempo detenido que “nadie sabe / si anclará / al fin el día / o se hundirá / sin remedio / sin señales / ahogado / por estas olas”. La angustia del escritor.

Gola, Hugo. Filtraciones. Colección Poesía y Poética. Universidad Iberoamericana. México, 1996.