lunes, enero 22, 2007

Paga una mamada y lo dejan hasta los huesos

  • Joven es baleado en su carro mientras recibía sexo oral

Torreón, Coah. Muere baleado el joven Nazul “piernas suaves” Aramayo la madrugada del sábado 20 de enero, a espaldas del Auditorio Municipal. El joven artista del video erótico-conceptual, recibía unas bien recetadas mamadas en su auto, cuando, de improviso, un par de pandillas de cholos armaron una batalla campal que dejó múltiples heridos y un solo muerto.

Alrededor de la una de la mañana, el bien conocido “piernas suaves", actor desnutrido de talento y cineasta de la vanguardia puteril, manejaba con rumbo al centro de la ciudad de Torreón, después de haber asistido a una fiesta universitaria, donde, haciendo uso de su inexistente o imaginaria atracción de prematuro galán de cine, ligó a dos o tres veinteañeras salvajes en estado de ebriedad. No satisfecho con las migajas del perreo, carente del roce erótico de las suavidades de la piel, Nazul se fue temprano en busca de verdaderos jugos y licuados amatorios, en los reductos del viejo Torreón cantinero.

Recorrió la Morelos con lentitud, con dominio de ese difícil arte de manejar mientras se gira el pescuezo para fildear putas. Después de una larga galería del tercer mundo homosexual, el joven Bobby Pulido lagunero encontró su güerita nalgas bravas en la esquina de la Rodríguez. Tras un brevísimo cachondeo verbal, como infalible mercadotecnia de llano, acordaron un módico precio satisfacción garantizada. La güera de mote Rubí, se subió al carro y sugirió manejar hasta el Auditorio Municipal, a la boca del lobo; cerca de la policía, precisamente (sabiduría de horas nalga) donde menos buscan.

Llegaron y se estacionaron, apagaron las luces, Nazul desenfundó un billete de cien pesos y Rubí escupió una verborrea de cochinísimo erotismo y, como docta en el negocio del amor, le recetó una lenta-salvaje-lenta-salvaje mamada automotriz al desvelado y sin amor Bobby desnutrido. Un par de minutos después una decena de cholos corría entre mentadas, pedradas y un precoz disparo mata-orgasmos que le voló la perdida cabeza al recién mamado “piernas suaves”. Rubí gritó desesperada, salió del carro y huyó de la escena del accidente. La policía llegó de inmediato. Algunos jóvenes lograron escapar.

jueves, enero 18, 2007

Desnudez de versos

La actividad poética, al menos como un vehículo de expresión, sumerge al lector en un universo íntimo del mundo emocional, intelectual y social del creador. En Desnuda, primer poemario de Araceli Téllez (México, 196?), el fondo emocional emerge en versos claros: sufren, anhelan, recuerdan y, sobre todo, desnudan los vaivenes del romance en boca y cuerpo de una mujer. No asistimos a las confesiones del erotismo, sino a la nostalgia lírica, a ese “Busco secretos / grabados / en la corteza / de la piel” de un amor perdido, recordado o anhelado.

A través de los poemas, la autora, que es directora del área de publicaciones de la UIA México, mantiene la tonalidad, el ritmo, la claridad del primer poema Desnuda; sin embargo, son pocos los poemas que mantienen esa misma intensidad de búsqueda, por el contrario parecen enredarse en las superficies del lugar común, en la divagación para encontrar una sola frase reveladora que, en realidad, es algo ya leído hasta el hartazgo. Por esta razón el poemario parece pecar de ingenuidad. Otro de los poemas que rescatan la expresión clara sin rallar en la sensiblería del lugar común, Reencarnación al amanecer:

Amantes efímeros,
en una noche
gastaron toda la pólvora.
[…]
Es verdad murieron, y en su rostro el
rictus de placer
les niega el suicidio.

Han reencarnado
con el amanecer
dos cuerpos
abrazados
.”

Además de la ya mencionada ingenuidad en los poemas, la edición muestra una deficiencia que no debería dejarse pasar: la carencia de una ficha biográfica de su autora. Detalles como estos restan calidad al trabajo editorial, sin mencionar el epígrafe que eligió la autora para su obra: “Quiero que me digas, amor, / que no todo fue naufragar / por haber creído que amar / era el verbo más bello, / dímelo; me va la vida en ello”, de Luis Eduardo Aute, que si bien es un compositor sobresaliente de la música pop, no deja de moverse en las aguas de lo cursi; que, en resumen, es a donde apunta la mayor parte de los textos de esta obra.

Téllez, Araceli. Desnuda. Editorial Praxis. México, 2001.

*Reseña escrita a petición de Edgar Salinas, quien me regaló el libro con una seña de ironía: “reséñalo...”. Ahora comprendo.

jueves, enero 11, 2007

Noches de amores pardos y versos desenfadados

De noche los amores son pardos de Julio César Félix (Navolato, Sinaloa, 1975) es la primera publicación de este joven escritor, radicado ahora en tierras laguneras. Dividido en cuatro partes, el poemario explora, con sensibilidad melancólica y ritmo constante, el gran mosaico de emociones que desatan las relaciones humanas: la irremediable soledad, la ausencia infinita del ser amado, la nostalgia creciente por todo lo que está vivo, las noches de interminable silencio y los amaneceres en un puerto eternamente recordado.

El epígrafe de Elías Nandino con el que abre el primer poema resume la empresa literaria a la que se introduce Julio César: “No hay palabra, ni canto de paloma / ni roce, ni suspiro, ni silencio / que puedan expresar la frase virgen / con que yo quiero hablarte”. A través de las páginas de De noche los amores son pardos, se siente, se saborea con nostalgia la búsqueda de una verdad íntima, la creación o descubrimiento de un lenguaje personal que logre mostrar con humildad y claridad la realidad interior del poeta, que es un espejo de la condición humana más sensible.

En poemas como VIII Desesperación o angustias de los sentidos, de Primavera de versos (primera parte del poemario), el latido de una pasión inútil se vierte en versos “¿Qué haremos / con los corazones?, / quizás romperlos / con la brusquedad de las palabras”. Esas palabras que en El ocio de una palabra

son tambores, ritmo constante, prolongado
quieto, nervioso;
es el decir ahora en la textura del día,
de este andar desvencijado por las calles,
secas del color de las sonrisas cotidianas;
ésta es la extensión de una palabra
con pretensiones poéticas,
un querer cantar este instante, así,
desenfadado


Así, el presente poemario se desnuda como un desenfado del poeta, como la urgencia y la fluidez con que las corrientes interiores (emociones, pensamientos y demás impulsos en estado bruto) emergen a la luz de un espejo, que refleja significados cargados de espanto y belleza, porque “La peor pesadilla / es el despertar de un sueño / que se ha soñado / durante mucho tiempo”.

Félix, Julio César. De noche los amores son pardos. Fondo Editorial Tierra Adentro, CONACULTA. México, 1999.

sábado, enero 06, 2007

Las narraciones de un tahúr

Las manos del tahúr, premio nacional Gerardo Cornejo 2005, es el más reciente libro de cuentos del escritor lagunero Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964). A través de los diez cuentos que conforman la edición, navegamos, como lo sugiere el título y el primer epígrafe de Enrique Lihn, por los escenarios de la inevitable derrota cotidiana, por la implacable miseria de la que brotan esos minutos que llamamos vida: de módicas alegrías y de infinitas fatigas, que acaso se redimen con el alcohol (como en Medio litro de vodka y en Mamá te habla, cuento donde el whisky desata un amargo pero fraterno abrazo entre dos hermanos en medio de la sordidez de un table de travestis) o el quehacer periodístico-literario hacedor de anonimatos más que de logros, como es el caso de la mitad de los cuentos.

Esta característica, lleva los cuentos de Muñoz Vargas a una reflexión, irónica y caricaturesca, sobre el oficio mismo de escribir: los reporteros de llano, los ineptos jefes de redacción, las ensoñaciones literarias sepultadas por pesadísimas dosis de realidad. Además del contexto periodístico, los textos se desarrollan en la Comarca Lagunera: “Torreón, en mi rancho polvoriento y solo, en mi comal de tierra sin glamour literario, sin editoriales, sin vida intelectual, un rancho de empresarios pendejos y fanfarrones”, como dice el joven reportero de Luces del encierro. Torreón y Gómez Palacio son, pues, hogares de infinitas vidas mediocres, grises, aplastadas por la callosa pata de la realidad; lugares donde también el azar dio vida a extraños y anónimos personajes: un Edison rupestre creador de la Gómez-cola, un Borges lagunero, un maniático alemán terrorista del arte. En todos ellos y en todos los relatos de la prosa oral de Muñoz Vargas, se asoma una profunda sensibilidad de la irremediable condición humana y la particular manifestación mexicana lagunera; el falso altruismo, el desempleo, la falta de oportunidades, el poder corrupto, la estéril búsqueda de salidas.

Nos encontramos, entonces, frente a un racimo de textos hechos con el ingenio y malicia de un narrador ampliamente conocedor de su ciudad y sus pujantes cumbiancheros. Es, en suma, un libro, como lo señala otro epígrafe de Roberto Fernández Retamar, hecho de hombre: “el hombre no es de piedra / el hombre es de hombre”.

Muñoz Vargas, Jaime. Las manos del tahúr. Premio Juegos trigales del valle del Yaqui Gerardo Cornejo 2005. Instituto Sonorense de Cultura, CONACULTA. México, 2006.

Violador ocular arrollado por un Torreón-Gómez-Lerdo

  • Caminaba buscando amor y encontró la muerte.
  • Pierde la cabeza por unas nalgas.

Torreón, Coah. Muere atropellado el joven Nazul “el nazutti” Aramayo, estudiante de comunicación, la noche del 31 de diciembre de 2006. El joven Nazul, conocido como fino artista del voyeurismo centrero y literato del erotismo, fue arrollado en la interjección de la av. Juárez y la calle Acuña del centro de la ciudad.

Acababa de salir del trabajo y Nazul “iba rumbo a la plaza de armas; le gustaba ir a ver a los viejitos bailar; aunque yo creo que nomás iba a galanear”, dijo un compañero de trabajo. “Le gustaba ligarse a las chicas de ECCO y el CNCI, por eso iba a la plaza”, afirmó otro de sus compañeros. Al llegar a la esquina de la Acuña, “se le hincharon los ojitos de zopilote”, según palabras de la dueña de la revistería, “giró la cabeza y clavó semejante mirada en mi empleada, que parecía perro de carnicería”. Practicante de las finas artes de la lujuria, de la mirada caliente y hábilmente desprende-faldas, el joven universitario (grotescamente calenturiento a priori) continuó su camino con la mirada profundamente ensartada (aquellos ojos de intelectual de rapiña difícilmente se quedan con la superficie de la carne; la devoran hasta el hartazgo de su calentísimo ser) en las seductoras e ilegales caderas de la joven empleada de la revistería; como queriendo intervenir, muy a la usanza del artista plástico, el horror vacui de su desértica pubis diecisieteañera. Bajó de la banqueta y, sin advertirlo, intentó cruzar la calle cuando el semáforo de la Acuña estaba en verde. ¡Cuaz! Sin poder detenerse un camión ruta Torreón-Gómez-Lerdo golpeó y arrolló el cuerpo poco agraciado del dizque galán centrero de sexycomedia mexicana.

A los pocos segundos una muchedumbre se acercó a ver al difunto intelectual de la cumbia, como también solía asumirse. La ambulancia llegó al lugar de los hechos sólo para percatarse de que aquella mirada zopilotera había quedado eternamente convertida en leche cortada.