domingo, octubre 28, 2007

¡Cuidado, tres perros sueltos!

Tres perros escarban en la basura, ladran, andan errantes olfateando culos, recibiendo pedradas y siguiendo con la búsqueda diaria de la comilona entre los desperdicios de las bolsas cochinas de Soriana. Estos tres perros ladran y aúllan, es decir, cantan y beben hasta devenir hombres que anuncian el infortunio y la desgracia. Señores, estos perros son poetas y con sus líneas muerden y estremecen. Decía Bachelard “la función principal de la poesía es transformarnos” y estos tres batos han sido transformados por la vida, las mujeres, el alcohol, las drogas, los excesos y, antes y después y entre todo eso, la poesía. Ni pedo, carnales. Este libro es un libro de confesión y de mordidas, de ladridos que anuncian la muerte y celebran la jodida vida. Tres poetas perros (antologado por Eusebio Ruvalcaba) es verse en el espejo que uno siempre quiso ocultar, es llegar a la borrachera y saberse grosero, cochino, desgraciado y sensible, ¡puuuuuuuuuuta maaaaadre!

La antología comienza con un joven lagunero de una voz única: Carlos Reyes Ávila (Torreón, Coah., 1976) de quien se dice que es “ebrio, poeta y mago, padrote y cabrón”. No lo conozco en persona pero su poesía es una de las más originales y desafiantes de la laguna. El poema Nací bajo el signo de una estrella apagándose lo confirma. Es un poema de largo aliento en el que se mezclan, con esa voz rítmica y provocadora, la confesión, las cantinas, las mujeres y sus derivados naturales: el sexo, el desgarre, la desilusión, la ebriedad. A través de varios momentos poéticos, Reyes Ávila, nos mete a una cantina, y se nos confiesa “yo bebo / para nadie es noticia”, claro, lo sabemos pero lo que descubrimos a través de las páginas es que “hoy bebo y pago / hay que pagar el derecho / a llamarse bebedor”. Eso sí está más canijo. Carlos lo sabe y nos lo ha mostrado en Habitar la transparencia (su tercer poemario, ICOCULT, 2003). Y esa experiencia y sus fantasmas habitan fragmentos de Nací bajo el signo…, por eso encontramos reminiscencias de sombras y caifanes. El poema continúa su desarrollo pasando por el erotismo arrabalero con oraciones a un téibol baratísimo y mugriento: “Ay Nanita / no te acabes, no te mueras / que eres lugar del pueblo / el consuelo que dios nos puso / al alcance del bolsillo”, y con la consciencia de saberse un hombre que escarba como un perro que hubiera encontrado un tesoro en la entrepierna de la mujer “las hemos enseñado a bendecir la verga / a lamerla, a tragarla más allá de su prudencia y recato / las hemos hecho putas entre las lágrimas […] porque las hemos sexuado / las hemos denigrado / sobajado / pisoteado / orinado / golpeado / humillado / ¿por qué siempre / hemos de arruinar la belleza?”. El erotismo escatológico cede por momentos para dejarnos oír otra voz, un erotismo un tanto místico que nos recuerda a Luna de cáncer (su primer poemario, ICOCULT, 1999): “IRUMARI suda el cuerpo con entusiasmo / Mientras las putas convidan su aliento […] La luna creciente lame los fuegos del incesto”. Quizás estas inserciones y estos cambios de forma restan unidad al poema, que en general mantiene una poética lasciva en la que persiste el semen, el culo, la verga y la cogida, y no tanto un simbolismo oscuro casi oracular propio de otros poemas del mismo autor.

El segundo autor es Carlos Velázquez (Torreón, Coah., 1978) de quien ya he escrito sobre su delirante Cuco Sánchez Blues (ICOCULT, 2004), su maniática deformación o reestructuración del lenguaje y su temática con sobredosis de alcohol y cocaína. Pues ora, al Charlie lo leemos como poeta. Y a un poeta que sigue la línea de la poesía confesional. Blog/Fotolog/Biopic es Cocarlos Inhalázquez sin el alucine de las palabras destazadas y arrejuntadas, es un ejercicio de honestidad con recursos populares y efectos graciosísimos y desconcertantes: “Estoy aquí como una herida colectiva. / Sufrí / por un amor anoréxico. / Soy un mexicano. / No tengo pasaporte. / Y soy enemigo de beber con moderación. / Soy un hombre que se ha deshecho a sí mismo”. Sí, mis broders esto es Biopic (my space), poema de alto contenido intimista y desgracia colectiva, un aullido solitario en una cantina perdida que suena y resuena el esqueleto de ese ser frágil, jodido y pulgoso que no llamamos perro sino hombre. Litoscar es una ruidola. Y en su poema La fila de las tortillas más larga del mundo canta mesiánicamente “Lázaro / levántate y anda / antes de que cierren el Monte de Piedad / empeña el televisor de la abuela / para que compres cocaína / y sientas el rock & roll”. Pero donde de veras el Velázquez se pasa de lanza y se luce como poeta del imaginario pop y como uno de los “jóvenes escritores laguneros con obra verdaderamente interesante”, como dijo Jaime Muñoz Vargas (http://rutanortelaguna.blogspot.com/ octubre 17, 2007), donde más se luce, pues, es en Aerolíneas mexicanas anuncian la llegada del Amor en su vuelo 204 procedente de California por la puerta 3, ¡ah, jijo de la china hilaria! Este poema es la mera vena. Y no es cuento. Hay de toño y lupe: la espera absurda del “Amor”, el fenómeno pop y su contraparte underground, la histeria colectiva, las analogías con otros fenómenos de masas, el juego y el escándalo de los medios de comunicación, la realidad cotidiana y miserable de los mexicanos. Aquí hay conocimiento y malicia sin rebuscamientos: “Esperábamos el amor en el aeropuerto / lo aguardábamos fijos y cristalinos / como ojos recién pulidos en un niño dios de porcelana”. Más adelante “La misma cultura que había producido fenómenos tan grotescos / como las muertas de Juárez / ahora importaba al amor y no cabía duda / por las instalaciones de nuestros aeropuertos / por la propaganda en telefonía celular / éramos un país de primer mundo”. Matón, ijo, este poema está matón.

La antología concluye con un tal Adrián Román (Iztacalco, DF, 1978) que según su ficha biográfica “Nunca ha hecho nada importante. No trabaja ni tiene vieja, va al cine solo”. Lástima, carnal. Yo también he ido al cine solo. Y también digo, como Adrián, que A las mujeres no les importa si eres poeta, su serie de poemas en esta antología. A diferencia de los perros anteriores, los ladridos de éste son breves, son viñetas bukowskianas en los que abunda la desilusión de igual caninofactura confesional: “Mi currículum sólo tiene mi nombre. […] Entendí que la decadencia llega / En cosa de segundos y no se vuelve a ir / Que llega, incluso, para los que no recibieron medalla, / Para aquellos, que como yo, ni siquiera participaron en la carrera”. En Adrián se percibe la sensación de un domingo sin futbol, un largo domingo de ley seca en pleno verano y sin futbol ni novia ni ganas ni nada. En este poemario la desilusión ha de ser una vieja gorda y modorra que se acuesta con nosotros en la cama; la cotidianidad asume el peso que realmente tiene, su desgaste inútil pero nada trágico. “Hay días que son un puño de tierra en la lengua, […] Hay días secos, podridos, / Que nos miran desde la ventana, / Nos esperan al bajar las escaleras, / Brincan como un pez fuera del agua. […] Hay días tercos que no terminan, / Que no se van”.

Después de los gruñidos y los aullidos y los ladridos los perros se huelen el culo. No el suyo. Sino el prójimo. No es la misma mierda. No todos los culos apestan igual.

Reyes Ávila, Carlos; Velázquez, Carlos; Román, Adríán. Tres poetas perros (antología). La Cábula Ediciones. México, 2007.

sábado, octubre 06, 2007

Los oficios a través del poeta

a Jaime Muñoz Vargas, maestrazo

Yo no lo tengo miedo a trabajar Tal vez sólo tenga flojera o una resistencia natural e intantiloide a las responsabilidades de la adultez, a ya no usar Converse ni pulseras ni posibles piercings en la jeta, a convertirme en un burócrata o en un maestrillo de inútiles clases de ortografía. Pero, insisto, yo no le tengo miedo a partirme el lomo para sacar el pipirín. Y, aunque, mi imaginación y mis obsesiones estén más orientadas a la materia del agua, admito que sí pude tener una extraña experiencia poética en los oficios del fuego y de las manos que describe este poemario, Oficios.

De manopla lagunera, el joven creador Édgar Valencia (Cd. Victoria, Tamaulipas, 1975), nos muestra con sensibilidad nostálgica y versos finos su oficio depurado para abordar la poética de la realidad laboral o la poética del oficio a ras de tierra. Valencia canta con imágenes sacadas de la materia propia del oficio, canta el drama cotidiano del fuego que transforma los metales, “Al atardecer del metal el agua / grita al tocarle”; que da sentido al vidrio, “al polvo de cristal que se abandona / a la suerte, a la magia o al capricho / de la llama de aliento incandescente”; que ilumina las alcobas como un “exorcismo inútil a las sombras”. Pero no sólo canta a la materia, canta al hombre que la maneja como hechicero abandonado, solitario, derrotado; seres que dominan la flama y sus manos, y que escuchan a Dios “como a un rumor cansado”. Esto es Oficio del fuego, un mosaico de chambas que rozan la mística de la nostalgia.

Luego, un Intermedio de tierra y agua. La mejor parte del libro junto con el apartado final. Aquí se deja a un lado la descripción de los oficios para llevar la subjetividad a temperaturas más altas e íntimas. Con ayuda de los elementos (tierra y agua), Édgar logra dos poemas de gran calibre poético, nos hace ver que “También el desierto es agua, hablaste / aquella tarde que, invariablemente / siempre, / tampoco nadie te escuchaba”. En medio de la tierra y del agua está la soledad, la nostalgia, el deseo frustrado, las ansias locas que se retomarán en la última parte del poemario, Oficio de tu cuerpo.

Pero antes de llegar a la mera vena, el autor nos despacha con Oficios y manos y Antífona de Oriente. El primero continúa la serie de trabajos: molinero, impresor, conductor, arriero, carpintero, albañil y ninfa. El tono fino casi como un murmullo y la delicadeza de los versos hacen de estos jales actividades dedicadas a las ausencias, a las heridas marcadas por la soledad. Estos son poemas donde “un grano de voz inunda el llanto”, y donde se edifica “entre varilla y polvo / el verso más siniestro del ocaso”. Antífona de Oriente son once haikús. Algunos de mayor intensidad que otros, unos mejor logrados, más contundentes.”El verso breve / en la página blanca / tiñe paisajes”.

Por fin, el ansiado final que, después de la irregularidad de los haikús, reafirma la calidad creadora de Édgar Valencia. Oficios de tu cuerpo no es un baile de cartucho, ni una voz cachonda en el oído mientras se aprietan las lonjitas. Nanay, estos versos son un deleite de delicadeza, sensualidad, belleza, simbolismo y sensibilidad con la persistencia del cuerpo ausente o recordado o deseado. “Tu cuerpo en su molde equivocado / en su escándalo de abejas / es una llama que camina por la alfombra”. Parece que el cuerpo detona mejores destellos verbales en la sensibilidad de su creador: “no hay voz que se atreva y responda / a la duda incandescente de tu espalda / donde confluyen veredas y delirios / una voz cabalga a tu silueta / como una luz de sonido intraducible”.

Y como dije al inicio. No le tengo miedo a chambear. Acaso una pregunta me pasa por la cabeza “¿a qué precipicio de rumores nos lanzamos?” No sé, pero yo me lanzo y celebro el Oficios de Édgar Valencia.

Valencia, Édgar. Oficios. Ediciones Casa Juan Pablos. Casa de la Cultura de Torreón. México, 2002.

sábado, septiembre 22, 2007

Charlie y la fábrica de cocolocos

a Becky que está en la Argentina, en la joda inacabable, un abrazo.

La primera línea siempre es blanca. Ahora a cocomenzar la escritura porque la mano tiembla hechizada de sodomancia: Carlos, Carlitos, Litoscar, el narrador, el poeta perro, el eterno borracho cocoloco, el Cuco Sánchez Blues. Sí, señores, griten como piedras del campo porque ya está aquí el sujeto que si sus papás lo conocieran no los dejarían salir con él. Bueno, si fueran unos hijos de papi y mami. Como sea, ahí les va el cuento. Llegadle.

Cuco Sánchez Blues de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978) es una apuesta, un riesgo al que sólo le falta un rascahuele en la portada o en la solapa y, por qué no, unas caguamas heladas. Sí, mis reinas, el Cuco anda suelto y en su interior palpitan cuatro cuentos hilarantes, explosivos, delicocos; cuatro cuentos con estilos distintos, formas atrevidas que recorren con humor la jerga cotidiana y la escritura pop, el juego de perspectivas narrativas, la distorsión sodomántica del lenguaje y el constante tono coconfesional. La línea que sí se reitera en los relatos es el contexto cantinero, las cheves casi interminables, los personajes religiosamente pedos, las chavitas, las putas y los drogos; el ambiente sórdido (y sódido, para seguir en línea) tratado con humor, con carcajadas tragicómicas.

El primer cuento, No quiero tu amor, es la historia de Litoscar, un aspirante a escritor (y un borracho, dicho sea de pase), y sus deslices amatorios. “Bien pedote, perdido el estilo Litoscar tenía la costumbre de agarrar nalgas y la peculiaridad de no recordarlo al día siguiente”. En una de esas pedas, Litoscar manosea a una morrita que después lo anda buscando, pero él, sí señores, él ama a otra. ¿Y todo esto qué chingados? Pues para esto el Charlie nos receta un trip lingüístico, una pirotecnia verbal distorsionando la lengua coloquial con sobredosis de humor y delirio, rayando por momentos en chistes privados tan herméticos como el “retetres piedras” del Viejo Paulino en el rolón loco La mesera: “Marcador Corona: Lamuel: aburridísimo, tres cervezas”.

Después viene el cuento que da título al libro, Cuco Sánchez Blues. Una historia de amor, pero amor machín, pasional, de celos, de locura, de machos y hembras. Un juego de perspectivas: el padrote, la puta, el amante, el narrador. Un estilo seco, contundente, sin la pirotecnia del cuento inicial, pero con las mismas cheves, los tugurios y, de pilón, un desenlace matón. “Si ella no es mía, nadie debe ser su padrote. No tendrá sexo con nadie. La mataré. […] Ahora debe estás en el Cuco Sánchez Blues”. ¡Cámara, bato! Sigue la apuesta, sigue el riesgo. Que siga la peda, broder.

Llegamos, a mi juicio (sobrio, por si las dudas), al cuento más delirante, con una forma inteligente y, sin embargo, cocoloca, sodomaniaca, drogoiforme. Apología del manco conjuga la coca con casi todas las palabras, un ejercicio extrañamente fresco, intenso. Pero el juego no es sólo cocofónico, hay innumerables delirios verbales con otros palabras, un ejemplo, China (la morrita de la historia), “China chinampa. Chinampina. Popular. Libre. China libre. Libre para decir. No voy a volver. Y no lo dijo. No le dijo a Carlos”. Ay, Carlos, el escritor que queda manco y, por obra y gracia y caridad y amor de la China se vuelve sodófago, un esnifeador empedernido. “Y recordó que Carlos había dicho en una borrachera Si no tuviera la vocación de escritor sería sodamaníaco”. Y como ya vimos, la China lo sodadespacha y luego lo deja. El relato, entonces, narra de manera algo laberíntica y vertiginosa el recorrido del manco por encontrar a su vieja, con inserciones del pasado de su relación y un final sorpresivo y tragicómico.

Por último, un episodio carnavalesco del mundo puteril, Tuguraciones. Un escritor, admirador del maestrazo José Agustín, se quiere coger a una fichera, en medio de un ambiente sórdido, borracho, nocturno, pintado con descripciones cortas, contundentes y con amplio dominio de la jerga popular, “La descubrí morena y ángel, despiadada y mamacita, emergiendo en la noche del submundo”. Más tarde, después de observarla platican, bailan y se arma un zafarrancho digno de su autor, con mención honorífica en la embriaguez y la diversión etílica y doña blancura. “Platicamos y entre charra y chela, humo y amo, zapatillas y converse, rímel y gorra, aceptó lucrarse conmigo en una refriega en la pista, que además desempañaba las funciones de pasillo, sitio de rocola, área de mesas y masas y punto clavo para el puchador”.

Cuco Sánchez Blues, lo reitero cantando, es un libro que apuesta, que arriesga, que propone, es el espíritu de un escritor torreonense joven, en formación y ascendencia, que recorre, con ingenio y conocimiento y carcajadas punzantes la vida nocturna de la ciudad chica del viejo Torreón. El Velázquez se la rifa y logra unas sabrosuras, unas mejores que otras. Lo intenta y no teme jugársela y quedar tirado y en pelotas en lac alle.

Velázquez, Carlos. Cuco Sánchez Blues. ICOCULT. Colección la Fragua. México, 2004.

sábado, septiembre 15, 2007

Vino a discreción, por favor

a Marco por prestarme el libro y hacerme ver que también tuve un verano como pocos.

Según Gaston Bachelard “Tiene sentido hablar de la estética del fuego, de la psicología del fuego y aun de su moral”. En esta novela se puede hablar del fuego y del alcohol mezclados en un incendio interno como explosiones súbitas en la cabeza, destellos de lucidez bárbara en medio de noches y días enteros de locura etílica. Fuego a discreción (1983), del italiano-argentino Antonio dal Masetto (Intra, Italia, 1938), es una psicología y una moral del alcohol, esas gotas de fuego ritual que animan a “un héroe de causas perdidas”, como el protagonista anónimo de la novela.

A lo largo de veintiocho fragmentos, dal Masetto narra, en primera persona, unos días de un “verano como pocos” en la vida de un escritor que se ha separado de una mujer y anda sin lugar donde vivir y sin trabajo, y que subsiste gracias a la caridad de unos cuantos amigos que le dan un departamento, un poco de comida y un sin fin de vino, whisky y tabaco. En su vagancia por los bares y fiestas se encuentra con una serie de amigos del pasado, mujeres y conocidos desagradables. Todo, al parecer, vuelve a comenzar. Se inicia un nuevo círculo de fuego. Se tiene la “suerte” de recomenzar desde cero.

Con euforia y sin ninguna concesión al sentimentalismo barato, Fuego a discreción es una búsqueda de redención, un recorrido por calles casi azarosas, sin lograr encontrar direcciones, siguiendo rutas de ómnibus, encontrando bares, caras conocidas, antiguos amores, sexo y vino. Todo este delirio guiado mediante prosa nada delirante, al contrario, la narración lleva de la mano con voz natural, precisa, realista, con diálogos irónicos, secos y con breves espacios para la reflexión del narrador-protagonista. Además de tres enigmáticas y extraordinarias inserciones de un relato aparte, alegórico, oscuro que reviste de nuevas interpretaciones la vida errante del escritor y de todos sus congéneres. Estos tres son los fragmentos más oscuros donde dal Masetto sentencia con fuerza y sin piedad, desgarra la condición humana con tesis provocadoras y delirantes:

“El orden que tanto había buscado se sustentaba en la guerra, no en la paz”
“La lucha y la renovación de la lucha. La destrucción y luego el equilibrio, que es la resultante del vértigo”
“El hombre está humillado. Esa es su triste herencia. La humillación es su caos. Y ya que la humillación es una mancha sin regreso, sólo podrá anularse exacerbándola, desencadenando el proceso que la convertirá en su opuesto”

Sin embargo, es “imposible luchar contra el verano”, contra su furia luminosa que todo lo derrite, que todo lo seca, que todo ciega. Tal vez el alcohol es una manera de no secarse, de no acabarse por derretir, de mantenerse en un territorio que luego se habrá de olvidar para comenzar otra vez. ¿Comenzar qué? Una búsqueda de algo que se ignora y al final resulta que “más que una incitación a la vida es una invitación a la desesperación”. ¿O es un camino de purificación, un descenso al infierno para luego volver a habitar el mundo de los hombres?

Dal Masetto, Antonio. Fuego a discreción. Planeta. Segunda edición 1997.

sábado, septiembre 01, 2007

Filtraciones de contemplación y silencio

a Migdy

En la poesía de Hugo Gola (Santa Fe, Argentina, 1927) hay una palabra inicial que nace del olvido. Una contemplación silenciosa y aislada de lo incierto, lo humano no sólo envuelto en sombras, sino en una claridad primigenia que el poeta logra acercar a la página blanca mediante versos, filtraciones gráficas, un “poema que viene / sin buscarlo”.

Filtraciones, dividido en ocho partes, es una meditación sobria y solitaria en la que abundan los silencios, los blancos, el recorrido del olvido para llegar a la palabra libre y condensada que “besa silente / la raíz oculta / y allí / construye para siempre / su morada”. Es también un libro con el rigor estilístico de una consciencia poética madura que juega con el lenguaje y con la imaginación, creando poemas de sencillez aparente y de una riqueza intelectual y sensual en altos grados de condensación. Así, de la mano o ala imaginaria del autor un vuelo se convierte en una variación del alma:

“y si es una danza
el vuelo?
si es un duelo
incesante
con la muerte?
si es colmena de luz
que se construye
en grano
en gota
en invisible espuma?
y si el vuelo
blanco
fuera la mano de dios
y el mar
su alcoba?”

Variaciones o dibujos o claves. Hugo Gola logra, desde el primer poema, crear un universo propio donde todas las posibilidades del juego poético parecen empezar a nacer como “blanca escritura / augurio ancestral / o cifra indescifrada?”.

Filtraciones no es un jugueteo verbal artificioso, un espectáculo intrascendente de fuegos artificiales. No. Esto no es show bussiness. Esto es un recorrido por lo equívoco de saberse vivo y solitario, un compromiso de crear “Un poema [que] intenta responder a las interrogaciones de la edad, testimoniar y revelar las variaciones del alma humana, registrar desde el pulso individual del poeta, las palpitaciones de un tiempo”, como lo dijo Gola en una entrevista para el periódico argentino La Capital.

Al final este poemario no sólo canta la imaginación. No sólo contempla para decir por decir. Al final se siente una angustia primordial, un tiempo detenido que “nadie sabe / si anclará / al fin el día / o se hundirá / sin remedio / sin señales / ahogado / por estas olas”. La angustia del escritor.

Gola, Hugo. Filtraciones. Colección Poesía y Poética. Universidad Iberoamericana. México, 1996.

miércoles, febrero 07, 2007

Todo lo de las focas y la frontera interior


Todo lo de las focas de Federico Campbell (Tijuana, Baja California, 1941) es una novela corta de tintes íntimos y vanguardistas, donde la presencia de la franja fronteriza trasciende el terreno geográfico para incrustarse en el ánimo del personaje y del lector, en la forma narrativa y en la trama que camina a tientas entre lo real y lo imaginario, para encontrar la playa eterna, el mar oscuro que se confunde con el cielo de la noche, la ciudad vieja y abandonada, un mundo tan irrecuperable como la vida del protagonista anónimo.

“No siento diferencia alguna entre una ciudad y otra. He llegado a lugares en los que jamás estuve y me conduzco como si allí hubiera transcurrido toda mi vida”. Así inicia la novela, con la sensación de un Extranjero de Albert Camus, pero un extranjero de la frontera, un ser en el borde de las culturas mexicana y estadounidense, en la Tijuana que “de una ranchería de finales de siglo pasó a ser un pueblo fantasma al principio, luego una maravillosa tierra de nadie en la que tanto los visitantes como los nativos se sabían perdidos”, en el encierro imaginario y la indiferencia de lo real.

La novela, publicada por primera vez en 1989, está dividida en 29 fragmentos que revelan rasgos de la personalidad difusa e inacabada del protagonista, su relación imaginaria, repetitiva, circular con Beverly, la ciudad, la playa, los aviones, la obsesión fotográfica; todos estos elementos sin orden cronológico y con reiteraciones, los mismos pasajes, las mismas conversaciones y a veces nuevas posibilidades. Finalmente las focas, “Seres a medias: metamorfoseados, fronterizos, en medio del camino hacia la vida terrestre, habitantes risueños de las olas, muñecas flotadoras, somnolientas, mudas, seres andróginos y en apariencia asexuados”, son reflejo del narrador-personaje que, como la misma forma de la novela, no logra definirse y acabar.

Campbell, Federico. Todo lo de las focas. Universidad de Guanajuato. México, 2005.
http://focastj.blogspot.com/

lunes, enero 22, 2007

Paga una mamada y lo dejan hasta los huesos

  • Joven es baleado en su carro mientras recibía sexo oral

Torreón, Coah. Muere baleado el joven Nazul “piernas suaves” Aramayo la madrugada del sábado 20 de enero, a espaldas del Auditorio Municipal. El joven artista del video erótico-conceptual, recibía unas bien recetadas mamadas en su auto, cuando, de improviso, un par de pandillas de cholos armaron una batalla campal que dejó múltiples heridos y un solo muerto.

Alrededor de la una de la mañana, el bien conocido “piernas suaves", actor desnutrido de talento y cineasta de la vanguardia puteril, manejaba con rumbo al centro de la ciudad de Torreón, después de haber asistido a una fiesta universitaria, donde, haciendo uso de su inexistente o imaginaria atracción de prematuro galán de cine, ligó a dos o tres veinteañeras salvajes en estado de ebriedad. No satisfecho con las migajas del perreo, carente del roce erótico de las suavidades de la piel, Nazul se fue temprano en busca de verdaderos jugos y licuados amatorios, en los reductos del viejo Torreón cantinero.

Recorrió la Morelos con lentitud, con dominio de ese difícil arte de manejar mientras se gira el pescuezo para fildear putas. Después de una larga galería del tercer mundo homosexual, el joven Bobby Pulido lagunero encontró su güerita nalgas bravas en la esquina de la Rodríguez. Tras un brevísimo cachondeo verbal, como infalible mercadotecnia de llano, acordaron un módico precio satisfacción garantizada. La güera de mote Rubí, se subió al carro y sugirió manejar hasta el Auditorio Municipal, a la boca del lobo; cerca de la policía, precisamente (sabiduría de horas nalga) donde menos buscan.

Llegaron y se estacionaron, apagaron las luces, Nazul desenfundó un billete de cien pesos y Rubí escupió una verborrea de cochinísimo erotismo y, como docta en el negocio del amor, le recetó una lenta-salvaje-lenta-salvaje mamada automotriz al desvelado y sin amor Bobby desnutrido. Un par de minutos después una decena de cholos corría entre mentadas, pedradas y un precoz disparo mata-orgasmos que le voló la perdida cabeza al recién mamado “piernas suaves”. Rubí gritó desesperada, salió del carro y huyó de la escena del accidente. La policía llegó de inmediato. Algunos jóvenes lograron escapar.

jueves, enero 18, 2007

Desnudez de versos

La actividad poética, al menos como un vehículo de expresión, sumerge al lector en un universo íntimo del mundo emocional, intelectual y social del creador. En Desnuda, primer poemario de Araceli Téllez (México, 196?), el fondo emocional emerge en versos claros: sufren, anhelan, recuerdan y, sobre todo, desnudan los vaivenes del romance en boca y cuerpo de una mujer. No asistimos a las confesiones del erotismo, sino a la nostalgia lírica, a ese “Busco secretos / grabados / en la corteza / de la piel” de un amor perdido, recordado o anhelado.

A través de los poemas, la autora, que es directora del área de publicaciones de la UIA México, mantiene la tonalidad, el ritmo, la claridad del primer poema Desnuda; sin embargo, son pocos los poemas que mantienen esa misma intensidad de búsqueda, por el contrario parecen enredarse en las superficies del lugar común, en la divagación para encontrar una sola frase reveladora que, en realidad, es algo ya leído hasta el hartazgo. Por esta razón el poemario parece pecar de ingenuidad. Otro de los poemas que rescatan la expresión clara sin rallar en la sensiblería del lugar común, Reencarnación al amanecer:

Amantes efímeros,
en una noche
gastaron toda la pólvora.
[…]
Es verdad murieron, y en su rostro el
rictus de placer
les niega el suicidio.

Han reencarnado
con el amanecer
dos cuerpos
abrazados
.”

Además de la ya mencionada ingenuidad en los poemas, la edición muestra una deficiencia que no debería dejarse pasar: la carencia de una ficha biográfica de su autora. Detalles como estos restan calidad al trabajo editorial, sin mencionar el epígrafe que eligió la autora para su obra: “Quiero que me digas, amor, / que no todo fue naufragar / por haber creído que amar / era el verbo más bello, / dímelo; me va la vida en ello”, de Luis Eduardo Aute, que si bien es un compositor sobresaliente de la música pop, no deja de moverse en las aguas de lo cursi; que, en resumen, es a donde apunta la mayor parte de los textos de esta obra.

Téllez, Araceli. Desnuda. Editorial Praxis. México, 2001.

*Reseña escrita a petición de Edgar Salinas, quien me regaló el libro con una seña de ironía: “reséñalo...”. Ahora comprendo.

jueves, enero 11, 2007

Noches de amores pardos y versos desenfadados

De noche los amores son pardos de Julio César Félix (Navolato, Sinaloa, 1975) es la primera publicación de este joven escritor, radicado ahora en tierras laguneras. Dividido en cuatro partes, el poemario explora, con sensibilidad melancólica y ritmo constante, el gran mosaico de emociones que desatan las relaciones humanas: la irremediable soledad, la ausencia infinita del ser amado, la nostalgia creciente por todo lo que está vivo, las noches de interminable silencio y los amaneceres en un puerto eternamente recordado.

El epígrafe de Elías Nandino con el que abre el primer poema resume la empresa literaria a la que se introduce Julio César: “No hay palabra, ni canto de paloma / ni roce, ni suspiro, ni silencio / que puedan expresar la frase virgen / con que yo quiero hablarte”. A través de las páginas de De noche los amores son pardos, se siente, se saborea con nostalgia la búsqueda de una verdad íntima, la creación o descubrimiento de un lenguaje personal que logre mostrar con humildad y claridad la realidad interior del poeta, que es un espejo de la condición humana más sensible.

En poemas como VIII Desesperación o angustias de los sentidos, de Primavera de versos (primera parte del poemario), el latido de una pasión inútil se vierte en versos “¿Qué haremos / con los corazones?, / quizás romperlos / con la brusquedad de las palabras”. Esas palabras que en El ocio de una palabra

son tambores, ritmo constante, prolongado
quieto, nervioso;
es el decir ahora en la textura del día,
de este andar desvencijado por las calles,
secas del color de las sonrisas cotidianas;
ésta es la extensión de una palabra
con pretensiones poéticas,
un querer cantar este instante, así,
desenfadado


Así, el presente poemario se desnuda como un desenfado del poeta, como la urgencia y la fluidez con que las corrientes interiores (emociones, pensamientos y demás impulsos en estado bruto) emergen a la luz de un espejo, que refleja significados cargados de espanto y belleza, porque “La peor pesadilla / es el despertar de un sueño / que se ha soñado / durante mucho tiempo”.

Félix, Julio César. De noche los amores son pardos. Fondo Editorial Tierra Adentro, CONACULTA. México, 1999.

sábado, enero 06, 2007

Las narraciones de un tahúr

Las manos del tahúr, premio nacional Gerardo Cornejo 2005, es el más reciente libro de cuentos del escritor lagunero Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, 1964). A través de los diez cuentos que conforman la edición, navegamos, como lo sugiere el título y el primer epígrafe de Enrique Lihn, por los escenarios de la inevitable derrota cotidiana, por la implacable miseria de la que brotan esos minutos que llamamos vida: de módicas alegrías y de infinitas fatigas, que acaso se redimen con el alcohol (como en Medio litro de vodka y en Mamá te habla, cuento donde el whisky desata un amargo pero fraterno abrazo entre dos hermanos en medio de la sordidez de un table de travestis) o el quehacer periodístico-literario hacedor de anonimatos más que de logros, como es el caso de la mitad de los cuentos.

Esta característica, lleva los cuentos de Muñoz Vargas a una reflexión, irónica y caricaturesca, sobre el oficio mismo de escribir: los reporteros de llano, los ineptos jefes de redacción, las ensoñaciones literarias sepultadas por pesadísimas dosis de realidad. Además del contexto periodístico, los textos se desarrollan en la Comarca Lagunera: “Torreón, en mi rancho polvoriento y solo, en mi comal de tierra sin glamour literario, sin editoriales, sin vida intelectual, un rancho de empresarios pendejos y fanfarrones”, como dice el joven reportero de Luces del encierro. Torreón y Gómez Palacio son, pues, hogares de infinitas vidas mediocres, grises, aplastadas por la callosa pata de la realidad; lugares donde también el azar dio vida a extraños y anónimos personajes: un Edison rupestre creador de la Gómez-cola, un Borges lagunero, un maniático alemán terrorista del arte. En todos ellos y en todos los relatos de la prosa oral de Muñoz Vargas, se asoma una profunda sensibilidad de la irremediable condición humana y la particular manifestación mexicana lagunera; el falso altruismo, el desempleo, la falta de oportunidades, el poder corrupto, la estéril búsqueda de salidas.

Nos encontramos, entonces, frente a un racimo de textos hechos con el ingenio y malicia de un narrador ampliamente conocedor de su ciudad y sus pujantes cumbiancheros. Es, en suma, un libro, como lo señala otro epígrafe de Roberto Fernández Retamar, hecho de hombre: “el hombre no es de piedra / el hombre es de hombre”.

Muñoz Vargas, Jaime. Las manos del tahúr. Premio Juegos trigales del valle del Yaqui Gerardo Cornejo 2005. Instituto Sonorense de Cultura, CONACULTA. México, 2006.

Violador ocular arrollado por un Torreón-Gómez-Lerdo

  • Caminaba buscando amor y encontró la muerte.
  • Pierde la cabeza por unas nalgas.

Torreón, Coah. Muere atropellado el joven Nazul “el nazutti” Aramayo, estudiante de comunicación, la noche del 31 de diciembre de 2006. El joven Nazul, conocido como fino artista del voyeurismo centrero y literato del erotismo, fue arrollado en la interjección de la av. Juárez y la calle Acuña del centro de la ciudad.

Acababa de salir del trabajo y Nazul “iba rumbo a la plaza de armas; le gustaba ir a ver a los viejitos bailar; aunque yo creo que nomás iba a galanear”, dijo un compañero de trabajo. “Le gustaba ligarse a las chicas de ECCO y el CNCI, por eso iba a la plaza”, afirmó otro de sus compañeros. Al llegar a la esquina de la Acuña, “se le hincharon los ojitos de zopilote”, según palabras de la dueña de la revistería, “giró la cabeza y clavó semejante mirada en mi empleada, que parecía perro de carnicería”. Practicante de las finas artes de la lujuria, de la mirada caliente y hábilmente desprende-faldas, el joven universitario (grotescamente calenturiento a priori) continuó su camino con la mirada profundamente ensartada (aquellos ojos de intelectual de rapiña difícilmente se quedan con la superficie de la carne; la devoran hasta el hartazgo de su calentísimo ser) en las seductoras e ilegales caderas de la joven empleada de la revistería; como queriendo intervenir, muy a la usanza del artista plástico, el horror vacui de su desértica pubis diecisieteañera. Bajó de la banqueta y, sin advertirlo, intentó cruzar la calle cuando el semáforo de la Acuña estaba en verde. ¡Cuaz! Sin poder detenerse un camión ruta Torreón-Gómez-Lerdo golpeó y arrolló el cuerpo poco agraciado del dizque galán centrero de sexycomedia mexicana.

A los pocos segundos una muchedumbre se acercó a ver al difunto intelectual de la cumbia, como también solía asumirse. La ambulancia llegó al lugar de los hechos sólo para percatarse de que aquella mirada zopilotera había quedado eternamente convertida en leche cortada.